Se crean espacios en el trasegar existencial en los cuales el instante se asume sublime e imponderable. Recurren a él diversos momentos de epicidad y cierta lírica del tiempo que le provoca una pausa arremolinada a quien lo padece. No hay palabras para definir los momentos de divinidad y, si éstos fueran enunciados, su naturaleza quedaría estropeada por los limitados recursos de expresión de los mortales. Vana resulta la definición cuando ésta es antípoda de la sensación vivida.
No hace mucho, leyendo un cómic de Thor escrito por J. Straczynski, sentí la familiaridad del tópico expuesto al saberme identificado cuando un personaje pedestre y mortal observa a una bella asgaardiana que se pasea por un olvidado pueblo de la periferia. El suceso es un trueno para quien ha visto los matices del color y sentido la efimeridad de las alas, luego el vuelo se transmuta en locura deseable cuando, en el caso del personaje de Straczynski, la causa enuncia un deseo compartido. Lo interesante y, tal vez, lo fatídico de presenciar un instante de estos es que, como diría F. Quevedo:"lo mucho se vuelve poco con solo desear otro poco más".
No hace mucho, leyendo un cómic de Thor escrito por J. Straczynski, sentí la familiaridad del tópico expuesto al saberme identificado cuando un personaje pedestre y mortal observa a una bella asgaardiana que se pasea por un olvidado pueblo de la periferia. El suceso es un trueno para quien ha visto los matices del color y sentido la efimeridad de las alas, luego el vuelo se transmuta en locura deseable cuando, en el caso del personaje de Straczynski, la causa enuncia un deseo compartido. Lo interesante y, tal vez, lo fatídico de presenciar un instante de estos es que, como diría F. Quevedo:"lo mucho se vuelve poco con solo desear otro poco más".
Diego Alejandro Hio R.
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