¿Alguna vez se les ha ocurrido pensar que algunos prólogos suelen ser tan intensos y profundos como los relatos de los cuales tratan? Incluso a veces me hago a la idea de que en tan poco espacio, digo, el de los prólogos se consigue en muchos casos enamorar, distraer o aburrir al lector de una manera más rápida y agresiva de lo que lo hacen los relatos. Pensé en esa conjetura una y otra vez al leer varios prólogos de libros excelentes, por ejemplo, se me viene a la cabeza el prólogo de Nelson Romero Guzmán en Baladas para el ausente del profesor Jorge Ladino Gaitán, en el prólogo extraordinario que hace Mario Vargas Llosa de la edición de El Quijote de la Mancha hecha por la Real academia de la lengua española y que termina de una forma magistral con estas hermosas palabras: “ Pero a la distancia, en nuestra memoria de lectores de su epopeya novelesca, ellas se juntan y se funden y son “una sola sombra” como la pareja del poema de José Asunción Silva, que retrata en toda s...