Varias ciudades latinoamericanas han construido sus arterias vitales de espaldas a las aguas que una vez fueron sagradas para las comunidades antiguas, una espalda que es rencorosa, malgeniada, intolerante y asesina, por no decir desagradecida. Pobres ciudades que dejan morir los manantiales que bañan sus costas sin pedir nada a cambio, pobres ciudades que tienen a unos seres habitándolas tan incompetentes como para darse cuenta y reaccionar a tiempo en aras de salvar las fuentes de vida, bellas aguas testigos de historias no contadas por los libros, ahora son cloacas olorosas que vagan tristemente hacía su encuentro con el mar. Pobres de las mujeres y hombres de estas tierras que nunca hemos llegado a conocer la armonía entre la naturaleza y el urbanismo acelerado. Pasa por las costas del rio Tietê una espuma blanca altamente tóxica, se encuentra con otra más grande y flotan juntas durante varios minutos antes de encontrarse con el montón de espuma en la mitad ...