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De rios olvidados






 Varias ciudades latinoamericanas han construido sus arterias vitales de espaldas a las aguas que una vez fueron sagradas para las comunidades antiguas, una espalda que es rencorosa, malgeniada, intolerante y asesina, por no decir desagradecida. Pobres ciudades que dejan morir los manantiales que bañan sus costas sin pedir nada a cambio, pobres ciudades que tienen a unos seres habitándolas tan incompetentes como para darse cuenta y reaccionar a tiempo en aras de salvar las fuentes de vida, bellas aguas testigos de historias no contadas por los libros, ahora son cloacas olorosas que vagan tristemente hacía su encuentro con el mar. Pobres de las mujeres y hombres de estas tierras que nunca hemos llegado a conocer la armonía entre la naturaleza y el urbanismo acelerado.

Pasa por las costas del  rio Tietê una espuma blanca altamente tóxica, se encuentra con otra más grande y flotan juntas durante varios minutos antes de encontrarse con el montón de espuma en la mitad del pasivo río envenenado al que le han quitado sus hijos desde hace mucho tiempo, la bruma del río anda despacio, amenazadora, letal para cualquier ser vivo beber un poco de esa agua ubicada en aquella concentración de espuma.  Son los momentos más dolorosos en las historias de dos ciudades grandes, desordenadas pero extrañamente atractivas aunque reniegue constantemente de ellas. En el éxtasis de su idolatría consigo mismas se han hecho enemigas de las aguas que beben y han conjurado un suicidio atroz del que apenas unos pocos han logrado escapar. Son las aguas malditas que los pobladores esconden, se apenan de ellas pero se ufanan de sus poco estéticos edificios que en varias ocasiones imitan burdamente a los grandes rascacielos de ciudades planificadas. Así es la vida, dirían los japoneses: "Imitar e ir más allá", lo complejo es si ese más allá en nuestras ciudades se traduce en ir más allá de atrás. El Bogotá como el Tietê (así como el Combeima querido) precisan de ayuda, necesitan de nosotros por primera vez, una muestra de nuestra gratitud para con esos ríos es todo lo que podemos hacer para salvar sus aguas y hacer que por ejemplo en el Tietê vuelvan a existir peces nadando libremente como lo hacían en las décadas de los 20' y 30' del siglo pasado, hacer que en el Bogotá vuelvan a nadar podiceps andinos, patos y que los ya inmolados venados de antaño vuelvan a pastar cerca del río.

Cuando el moribundo Gonzalo Jiménez de Quesada llegó a la sabana de Bogotá se deleitaba todos los días con carne de venado y de pato (él y su horda de hambrientos), animales que abundaban por aquel paradisíaco lugar, los cazaron sin piedad y en dos siglos y medio la población nativa de animales, plantas (como el frailejón) habían mermado, tanto que los habitantes de Santa fe tuvieron que variar obligatoriamente el menú de las carnes. Por aquellos días el río seguía un tanto sano, pero la pérdida de numerosas especies del altiplano presagiaban indudablemente la hecatombe que se avecinaba para esas aguas que una vez tocó el legendario Bochica, divinidad sabia. Lo cierto es que el río Bogotá se ha convertido en el basurero de una ciudad sin memoria, que no puede ni quiere imaginar aunque sea en sus más íntimos breaks lo bello que pudo haber sido la sabana, adornada con esas aguas cristalinas y saludables, hoy negras, viscosas y mal olientes... las mismas aguas negras que manchan al magdalena café por allá en las cercanías de Ricaurte (cundinamarca) y Girardot; quien no haya ido a ese punto de encuentro entre el río tristemente envenenado y la mayor arteria fluvial del país les cuento: es como si a un cuadro con toques blancos de repente le agregaran a modo de emesis unos escupitajos negros indeseados. Pobres ciudades costeras del río Magdalena al que también han ido a parar en varios momentos de nuestra cruenta historia cadáveres NN de personas acribilladas por las manos de sus semejantes, idiotas que ven a las aguas como vertederos, lugares para excretar sus inmundicias. Pobres todos.


São Paulo, ha empezado a tomar determinadas cartas sobre el asunto, la primera medida que tomó seriamente fue cuando decidió contratar a unos expertos franceses que descontaminaron al río Sena de París, y aunque el costo de la despulación del Tietê avanza lentamente, la gente empieza a ver poco a poco los cambios que han venido sucediendo, la espuma blanca ha retrocedido, las fábricas deben separar los elementos tóxicos de las aguas que van a dar al río y está prohibido construir casas, edificios o carreteras al lado de la cuenca del enfermo... el río, todas medidas adoptadas por el equipo de expertos galos. Inclusive, ya el gobernador Gerard Alckmin se atrevió a dar una fecha exacta de la recuperación total del río, él piensa que a mediadoS del 2019 el Tietê volverá a ser  un poco el que una vez fue, el alegre y claro. Después de ello, Sao Paulo le apostará a canalizar el río por toda la ciudad, así como el río Sena y la ciudad sin dudas se verá un poco más bonita. ¿São Paulo como París?, hay que ver como se desarrolla eso, por el momento parece interesante la propuesta. Y Bogotá y su río, aún viven en la zozobra, Bogotá gobernada por incompetentes y un río que agoniza, que reclama su justo trato que la historia de los crueles hombres le ha negado.

Nuestro querido Combeima, río mágico y sagrado, solo sobrevive medianamente por la colaboración de unos cuantos pobladores que han hecho campañas para recolectar objetos plásticos, de vidrio y concreto de su cuenca, además de construir letrinas que aunque parezcan algo medievales colaboran, las anteriores iniciativas son un alivio, es un respiro que le damos a nuestro hogar, ya no importa el "qué dirán" de los que se acreditan "civilizados", he visto mucha civilización, he vivido en metrópolis y sé lo valioso que es un río sano, unas montañas llenas de vida y un aire purificador, conozco a los humanos y sé como se comportan. Aún así nuestro río no está a salvo, la lucha apenas ha empezado, los ejemplos están ahí, solo basta echarle un vistazo al Bogotá, al Tietê o al río negro y manso que costea los estados de Rio de Janeiro y São Paulo llamado el Paraíba do sul, río al que yo mismo he bautizado como el "río de los suicidios" por la cantidad de inmolados allá auto arrojados. El combeima no será así, los errores no pueden ser los mismos.
  

BOGOTÁ

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