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LO ORWELLIANO EN "ESCUELA DE VENTRÍLOCUOS" DE ALEJANDRO JODOROWSKY.





El celebérrimo libro 1984 (1949), en realidad titulado en inglés Nineteen Eighty-Four, de George Orwell tuvo una inusitada venta durante la segunda mitad del año 2016 producto de las elecciones presidenciales estadounidenses. Las versiones que algunos expertos esbozaban en sus opiniones acerca de dicho resurgir de la obra del afamado escritor británico estaban enfocadas en sugerir que había un temor latente en el público por lo que podría deparar el futuro si uno de los candidatos en pugna lograba triunfar. Se escribieron muchas reseñas del libro desde la óptica de un posible totalitarismo fascista en el siglo XXI con intenciones apocalípticas, y muchos curiosos consultaron de nuevo la definición del intricado término “orwelliano” en los diversos diccionarios a mano u online.  
 
Dentro de esa marea de incertidumbre y viendo el fresco del escenario que Orwell retrató en su novela y un poco en “Rebelión en la granja” (1945), aparecían en los mass media definiciones del término “orwelliano” tales como la dictaminada por el Oxford dictionary: “Characteristic of the writings of George Orwell, especially with reference to his dystopian account of a future totalitarian state in Nineteen Eighty-Four.”. Estaba la sugerida por The American Heritage Dictionary: “Of, relating to, or evocative of the works of George Orwell, especially the satirical novel 1984, which depicts a futuristic totalitarian state.” Pero sin dudas, uno de las más completas y cercanas al concepto que el mundo experimentaba en la previa de las elecciones era la otorgada por el Webster New world college dictionary, quien en la acepción del concepto señala:   of or like the society portrayed by Orwell in his novel Nineteen Eighty-four, characterized by totalitarian government, irrational political concepts, the politicization of everyday language, etc. (De o cómo una sociedad retratada por Orwell en su novela 1984, está caracterizada por el gobierno totalitario, conceptos de política irracional, politización del lenguaje común, etc.).



Es precisamente sobre esa última idea que se puede observar con mayor detenimiento la dramaturgia “Escuela de ventrílocuos” (2009) de Alejandro Jodorowsky a la luz del término orwelliano. Pues si bien en Orwell la jerarquización de un estado totalitarista que incluso restringe los neologismos de la lengua y por tanto el fluir de su vida, se nos muestra patológico y a grandes rasgos portador de un suicidio existencial a gota gota. Empero, no deja de ser mucho más “racional” que el mundo que nos presenta el dramaturgo chileno. Allí, en esa compleja realidad insertada en la aparente normalidad de una ciudad cualquiera, subyace un mundo aparte gobernado por el despotismo de la dictadura de los ventrílocuos que manejan a sus ventriloquistas a su manera. En aquella marmita burbujeante del admirable frío surrealista que contamina el ambiente y los diálogos, Jodorowsky enlaza en su obra ideas ya expuestas anteriormente por Michel de Gheldorode en la dramaturgia “Escuela de Bufones”, de donde provienen requiebros de la sinrazón iluminada en ese caso sobre el arte bufonesco, como el siguiente:

“Algunos de vosotros permanecerán errantes y formarán parte del pueblo; es la marcha del loco. Pero estáis marcados. Bufoneareis y elijáis el epigrama o el mojón, bufones que bufoneáis seréis, procurareis ese penoso apostolado que es el de divertir a los hombres.”  

O discusiones teológicas sobre el alma de los bufones en un mundo que los mira con cierta ambigüedad que vaga entre la repulsión y la comicidad de sus acciones producto del uso del lenguaje:

“¿Qué sabes tú de mi alma? ¡Tú que ni tienes ¡Vosotros, los bufones, no tenéis alma! Escribí un día a los doctores de Lovaina, y los teólogos me contestaron que, en caso de tener una pizca de alma, considerando que la misericordia de Dios se extendía a los bufones y los animales, ésta debería tener el aspecto de una humareda. (…)”.

En el poder del lenguaje se instaura la fiera dictadura de los ventrílocuos, tal y como sucedió en el totalitarismo de la distopía narrada en 1984. Si bien las reflexiones acerca del lenguaje que descubrimos en la “Escuela de bufones” no están pensadas para fines de empoderamiento represivo como en la dramaturgia de Jodorowsky o en la novela de Orwell, si lo están para ser repensadas y contenidas en los momentos precisos; se trata de un fino desarrollo del arte de la mesura pícara: “El arte consiste en no forzar el talento, Tener en consideración, pues que seréis imprescindibles en las Cortes, gravitareis en la intimidad de los grandes.” De esta manera, se puede advertir siguiendo al pie de la letra a George Steiner cuando afirma que “más que el fuego, cuyo poder de iluminar o consumir, de expandirse y de recogerse, se le asemeja tan extrañamente, el habla es el centro mismo de la insumisa relación del hombre con los dioses. Por medio de ella imita o desafía las prerrogativas de éstos.”
 
Tanto Doña Perra como Don Crispín figuran en la dramaturgia como los dos ventrílocuos llamados a mantener el orden al interior del recinto en donde se desenvuelve la trama; curiosamente, los mencionados personajes ocupan tradicionales roles de control y poder en la sociedad. Doña Perra es algo parecido a una “tutora” de ventriloquistas principiantes, mientras que Don Crispín oficia como un despiadado y enfermizo agente de policía que con arma de fuego real en mano (a la manera de Scarface en Batman) impone el orden que la enigmática figura del Director (el Jefe) le ordena.  Vemos así un oscuro escenario de muñecos agresivos y humanos sumisos en donde los descarriados aprenden a punta de golpes y palabras soeces las lecciones necesarias para ser “domesticados” a una sociedad en donde solo impera la ley del muñeco por la del ventriloquista.

El factor orwelliano de esta obra se hace aún más patente en el diálogo que el Director sostiene con Celeste (el protagonista): “Tú no eres yo, pero yo soy tú. Tú respiras, haces ruidos con la boca, pero soy yo el que habla Tú te mueves pero soy yo la vida… crees manejarme, sin embargo soy la energía que te sustenta. Tan solo eres una máscara de mi ser.” Se hace evidente que una vez se ingresa en el reino de los ventrílocuos es difícil salir de allí, pues los acuerdos que posee dicha sociedad en materia de relacionamiento es rígida a más no poder y se ciñe para los recién llegados en una premisa: O se aprende a darle vida a un ventrílocuo o se corre el triste riesgo de morir, que es lo mismo que decir, o se sigue una ley o se está por fuera de ella. Jodorowsky construye una gran obra que deja abundante espacio a la comicidad de los personajes y por sobre todo, permite observar la obra desde una multiplicidad de interpretaciones dado el sorprendente final de la trama que sugiere un círculo vicioso ad perpetuam. Quizá lo orwelliano aquí sea una parodia como solo el teatro de muñecos suele hacerlo, sin embargo vale destacar que mucho de lo que deja hasta el sol de hoy 1984 se puede ver reflejado en trabajos posteriores como el de Jodorowsky. Finalmente, y como parece ser anunciado en entrelineas, los títeres y ventrílocuos poseen una personalidad propia que les hace enseñorearse del titiritero o ventriloquista cuando la gran magia del teatro de muñecos inicia. No se necesita estar en un estado opresivo distópico para saberlo, de allí que los títeres sean eternos al lado de nuestra efímera existencia.

Diego Alejandro Hio.

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