Varios puntos en común entre los dos artistas que este escrito invoca:
1- La atenta observación clarividente del paisaje que se expande ante sus vistas.
2- El armonioso valor cromático desplegado que señala la proba maestría presente en las texturas que definen las obras.
3- La ceremonial dedicación hacía un tipo de naturaleza que les lleva a repensar al objeto para darle diferentes tipos de vida en sus obras.
Si nos fuéramos a un plano de análisis pictórico que encasillara a los autores en tendencias artísticas definidas según la cronología correspondiente, podríamos hablar de dos artistas evidentemente opuestos en sus propuestas; bien sea en los escenarios escogidos, en la paleta desplegada, en el plein air en contraposición al estudio, en la pincelada sobre el lienzo o en la biografía de cada uno. Claude Monet y José María Zamora, el uno francés y el otro colombiano, no obstante tienen, una característica fundamental admirable que los hermana de un manera esencial: ambos son hijos ilustres del agua, sus naturalezas artísticas son eminentemente acuáticas en sus mejores obras, y por tanto, partiendo de esta tendencia se puede hacer un ejercicio de enlace que relacione los matices que parten desde el tema del agua hacia una conquista de un tópico más subjetivo; los diferentes colores que brotan en un río de luces o de un estanque lleno de nenúfares en Monet, y la anunciación de un singular cielo que siempre se presenta ad portas de un génesis en José María Zamora.
Harto tendencioso sería pretender aventurar una contraposición entre Monet y Zamora, como si se podría hacer - si acaso- entre Vermeer y Velázquez (El arte de la pintura y Las meninas) como ya algunos críticos lo han insinuado algunas veces con precisión y otras veces con la acalorada pasión que suscita el hallar posibles luchas entre obras maestras de dos eximios pintores. ¿Acaso se juzgará la posición de espaldas del pintor y el foco del espectador en El arte de la pintura de Vermeer como una antípoda temática de Las meninas de Velázquez?. No faltará el que responda afirmativamente a la cuestión anterior, y es válido y deliciosamente entretenido pues son este tipo de viricuetos los que permiten una asimilación familiar a una obra, al menos en mi caso.
El agua con nenúfares es a Monet lo que es el cielo en matrimonio con el agua a Zamora, no hallo mayor relación - si la hubiera - entre estos artistas, y ¡vaya el tamaño de la relación! Pues es magnánima e inmortal. Los dos hacen parte de esa mágica escuela de artistas que sodean un tema de tal modo que lo hacen hablar en otras formas de expresión que enaltecen su naturaleza y le hacen descubrir virajes afortunados de renacimiento no solo conceptual sino de sentido. Y es allí cuando lo más anquilosado de la técnica queda de lado ante el advenimiento de un nuevo mundo, puesto que tanto Monet como Zamora cumplen con una máxima del arte con creces, son dioses de su mundo.
Diego Alejandro Hio Rojas
El agua con nenúfares es a Monet lo que es el cielo en matrimonio con el agua a Zamora, no hallo mayor relación - si la hubiera - entre estos artistas, y ¡vaya el tamaño de la relación! Pues es magnánima e inmortal. Los dos hacen parte de esa mágica escuela de artistas que sodean un tema de tal modo que lo hacen hablar en otras formas de expresión que enaltecen su naturaleza y le hacen descubrir virajes afortunados de renacimiento no solo conceptual sino de sentido. Y es allí cuando lo más anquilosado de la técnica queda de lado ante el advenimiento de un nuevo mundo, puesto que tanto Monet como Zamora cumplen con una máxima del arte con creces, son dioses de su mundo.
Diego Alejandro Hio Rojas

Comentarios
Publicar un comentario