En algún pasaje de La escuela
de la noche, un William Ospina evidentemente conmovido al mencionar la
naturaleza misteriosa del arte, dejó suelta esta sugerente afirmación: "En
el arte, como en la vida, lo más profundo siempre está sugerido, más que dicho,
y el alcance de lo que se dice expresamente, de lo evidente, es siempre menos
poderoso.” Se hace alusión en este pasaje a un concepto frecuentemente
abigarrado en tejidos de diverso matiz pero que resulta a grandes luces ambiguo
por su inmensidad teórica, una categoría de análisis - si se prefiere- que
resulta condición sine qua non en el desarrollo de las artes; en este caso, de
aquella que se ocupa de representar a los universos con las letras, la
literatura.
Se trata de lo indecible. Si
bien, lo indecible nos enfrenta a situaciones de complejo análisis teniendo
presente el grado de subjetividad del que se vale, también nos invita al
intento fáctico de interpretarlo, o al menos, a aprender el sembrado del mismo.
¿Quién que no haya superado un laberinto no queda viviendo eternamente en él?
Lo indecible es el laberinto existencial que no siempre tiene una salida segura
por medio de un hilo a la manera del astuto Teseo, y allí radica su extrañeza
cautivadora. Lo indecible es la enseñanza oculta que ejercen las creencias que
nos guían en la vida, es la voz que nos susurra los senderos deliciosamente
escabrosos, es el genio personal al que los romanos le rendían culto, es el
hermano perdido de la metáfora y la sinestesia y, a su vez, es el dios que
Platón le adjudicaba a los poetas en medio de sus ejercicios de creación o de
posicionamiento en el mundo:
“El poeta es una cosa ligera,
alada, sagrada; que no está en posesión de crear sino después de ser inspirado
por un dios y de dejar de ser dueño de su razón; mientras conserve la capacidad
o facultad de la razón es incapaz de crear una obra poética. Por tanto, como no
es en virtud de un arte que los poetas realizan su obra, sino en virtud de un
privilegio divino, ninguno de ellos es capaz de componer con éxito ningún
género poético que no sea inspirado por la Musa. Y si la divinidad les priva de
razón, tomándolos como servidores suyos, como hace con los profetas y los
adivinos inspirados, es para enseñarnos, a nosotros oyentes, que no son ellos
los que dicen cosas de tanto valor y tan preciosas —ellos no son dueños de su
razón— sino que es la misma divinidad la que habla y la que se hace oír de
nosotros por intermedio de aquellos. Para mí que estos bellos poemas no tienen
un carácter humano y no son obra de los hombres, sino que son divinos, y que
los poetas no son otra cosa que los intérpretes de los dioses y poseídos por la
divinidad”.
Podríamos dejar de lado la
posible carga mística de Platón enunciada en el párrafo anterior para
centrarnos en el tema que convoca la presente reflexión, lo anterior, para
dejar sentada una premisa desde antaño vuelta moneda común al referirnos a la
labor del poeta que fue inevitablemente apoyada por Platón; aquella que hace
alusión a un proceso extraño de "inspiración" que en el pasado se
asoció con el poder soterrado de las musas, aquellas que emborrachaban a sus
poetas con brebajes de lirismo inmortal repleto de poder sublime. Dicho poder
vuelto talento que permite glorificar hazañas, desnudar un sentimiento,
triturar un valor, o provocar requiebros en las grietas de la razón carece de
una ubicación exacta en nuestro ser porque se cree - si seguimos a los
antiguos- que proviene de una entidad externa a nosotros. De allí que se recomiende
al escritor de versos no forjar continuamente una personalidad encasilladora o
rígida, debido que el hacerlo daría pie a entrar en un conflicto con la
naturaleza libre del genio que susurra lo indecible y que hace de la poesía y
de la creación literaria un ejercicio de constante reinterpretación de nuestros
tiempos, ergo, una actividad gestadora de conocimiento, pues he sospechado que
la literatura maneja un tipo de saber que transciende los tiempos, y que por su
naturaleza enrevesada siempre mantiene un estatus de contemporaneidad.
Lo anterior también, por otra parte, sugiere aceptar la idea
que toda creación artística en las letras no posee la condición ex nihilo de por sí, y en
cambio entra en un diálogo simétrico y asimétrico con el legado de millones de
personas que nos han precedido en este plano existencial. Absurdo sería creer
que en el arte de las letras, se puede prescindir de la gran gama de saberes
que se han cosechado a lo largo de las centurias. Nuestra máxima aspiración de
soledad al hablar de literatura sería la que Francisco de Quevedo retrata en
uno de sus poemas en donde ubica la dependencia de la voz narradora en relación
con la tradición, los muertos:
DESDE LA TORRE
“Retirado en la paz de
estos desiertos,
La soledad no existe en la
creación literaria, siempre hay fantasmas que acompañan la pluma y la engalanan
con sus ritmos - como en el poema de Quevedo - por más de que se esboce por
parte de la crítica literaria una tendencia actual de pensar y obrar todo a
través del "yo" hipersubjetivo que se hunde en la maraña de sus
raciocinios personales frente a los fenómenos de la realidad, sería incompleto
un análisis si pasásemos por alto la relevancia del factor social que el
colectivo teje desde el
"nosotros" a través de sus diversas redes de comunicación simbólicas.
Dichas dinámicas del "nosotros" - como no- irremediablemente derivan en la formación de
los recovecos semióticos que le darán sentido a la gestación de un
"yo" poético sensible que a la manera F. Hölderlin sabe sorprenderse
y conmoverse en medio de las contemplaciones del mundo con los ojos de un
párvulo curioso que desea renombrar lo que se cree nombrado. Quizá solo así
podamos comprender la sentencia de Borges cuando deja ver la imposibilidad de conocer
el sentido general de la vida: "La música, los estados de felicidad, las
caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares quieren
decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos podido perder, o están por
decir algo", indudablemente estamos en presencia de la inminencia de las
revelaciones que no se producen de por sí de forma literal, sino que se ocultan
en lo indecible. En aquel incesante
juego dinámico la literatura encuentra su fuerza inmortal; el poder de este
arte radica en la vibrante tensión entre lo expresado y lo que no se puede
atrapar en palabras, pero que se presiente existe. De esta forma podríamos asumir al arte de las letras como la caricia de
Levinás: “la caricia consiste en no
apresar nada… expresa amor, pero es incapaz de decirlo… va más allá de un ente…
dormita más allá del porvenir”.
Desde los remotos y mágicos
albores de este arte, lo indecible se ha manifestado como la mano invisible que
controla los respiros de sabiduría que se vierten a modo de tinta sobre los
papeles. Es un “fenómeno” cuya mutabilidad se convierte en el leitmotiv del
avance de las reflexiones creativas de nuestras sociedades a través de la
experiencia sensible que parten desde nuestro “yo” hacia el mundo y viceversa.
Debe ser por lo anterior, que un visionario de la lírica como Fernando Pessoa
exclamara que “la literatura existe
porque el mundo no basta”, y no bastará porque siempre habrá un misterio
insondable que espera ser explorado por el genio interior de los espíritus
sensibles. La ansiedad de conocimiento propia del ser humano nos hace seguir
rumbos diversos para alcanzarlo, por ello, siguiendo a M. Heidegger podría
decirse que la obtención del conocimiento (no siendo la única manera de
alcanzarlo) es aquella que “se ha
orientado hacia la legítima empresa de aprehender lo que está ahí en su esencial
incomprensibilidad”. Inevitablemente la presencia en la sombra de lo indecible es parte de nuestra identidad como especie singular y maravillosamente extraña.
DIEGO ALEJANDRO HIO R.
DIEGO ALEJANDRO HIO R.

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