El viejo Antonio me decía que
se deleitaba noche tras noche trastocando en su vieja casona los textos
canónicos que tomaba prestados de la única librería del pueblo - lugar donde trabajaba - para que las personas
no siguieran, según él, "leyendo más de lo mismo". Su comportamiento
irreverente no respetaba obras cumbre de
la literatura universal, como aquella
vez que con cierta risa demoníaca me refirió que había impreso varias hojas que
alteraban enormemente la trama del primer tomo del Quijote, lo cual, era más caprichoso que lo hecho por el licenciado Avellaneda con su
Quijote apócrifo.
En su profana versión, el caballero de la
triste figura se presentaba como un ensayísta burgués venido a menos que
simpatizaba con los postulados de Francis Bacon, a quien había ayudado en
determinado momento de su vida a redactar una obra de teatro relacionada con
cierta tragedia de la realeza danesa que luego sería adjudicada a William Shakespeare. Aparte de lo anterior, el Quijote del viejo Antonio juraba
haber sido un veterano de cansinas guerras míticas en contra del dios
Quetzacoátl y de haber participado en la búsqueda infructuosa del legendario
bosque de canela a orillas del río Amazonas. En otra ocasión, me aseguró de
forma vivaz que en la Metamorfosis había
agregado al final del relato el hallazgo de un diario personal de Gregorio
Samsa. En dicho diario, el protagonista aseguraba tener la firme intención de
querer disfrazarse de escarabajo en la víspera de un largo día de arduo trabajo
para jugarle una mala pasada a sus familiares y jefes.
Se vanagloriaba, como aquellos
infelices que por fin han alcanzado sus quince minutos de fama que tanto han
buscado desde los albores de sus tristes historias, al afirmar que los lectores
de aquella librería algún día se lo agradecerían justificándose en que el arte
siempre debía actualizar sus temas sobre los cadáveres insepultos de los textos
canónicos. Pero aquellos arrebatos de querer modificar todo no quedarían impunes. En algún lugar muy oscuro los hilos que sostienen los destinos de
los mortales titilan con el resplandor de una vela que sabe incinerar hilos. El
arte, en medio de su embrujadora sabiduría, conoce a sus abusadores a la
perfección.
Una aciaga mañana lo
encontraron en la cama convertido en una monstruosa figura parecida a la de un
tipo de escarabajo. El grotesco cuerpo estaba derramando un extraño líquido
viscoso de una herida profunda ocasionada, según los peritos que abordaron el
caso, por una extraña daga medieval de origen danés.
DIEGO ALEJANDRO HIO ROJAS

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