Tomando los contextos referenciales sugeridos por Julio Cortázar en sus célebres "instrucciones", no sobra anotar la referida a subirse en un bus urbano y sentir esa larga, corta, aburrida e idílica (dependiendo de la circunstancia) sensación de pertenecer a un mundo alterno dentro de otro mundo muy a la manera explícita de las agraciadas matrioshkas rusas o las indefinibles cajas chinas.
Primero, habría que tener en cuenta la situación climática previa a la hora de abordar un bus; ya con ello solventamos la urgencia de estar pensando en la nula ropa para lluvia que se trajo en una jornada de llovizna o aguacero, o la concurrente lamentación que surge luego de atisbar el rayo de sol inclemente sin haber aplicado protector solar sobre el cuerpo o llevar las gafas oscuras de turno... Y ni qué decir cuando se atavia la humanidad de ropas pesadas.
Como segundo momento, y luego de no pocas elucubraciones mentales, se toma la decisión de abordar un bus que recorra la determinada ruta que nuestra existencia haya escogido como destino. Una vez el pasajero ha subido al vehículo, éste ingresa a un mundo alterno en el que deberá aprender a convivir con otras personalidades iguales o más complejas que la propia. He allí uno de los puntos más complicados. Después, inmerso en la mencionada decisión ineludible, se hace la respectiva entrada a esa realidad "móvil" con arrojo, sin titubear luego de presentar la tarjeta de transporte o de otorgar el dinero en efectivo a quién corresponda (si es el caso).
Posteriormente, se busca un asiento favorable a los intereses inmediatos en una fracción de tiempo que no debe superar los cincos segundos, quizá sea uno de los momentos de más adrenalina dentro de todo el periplo. La anterior elección, está determinada básicamente por tres puntos, a saberse: el punto de entrada del sol en el vehículo, el hallazgo de un asiento propicio circundante a la zona que usualmente se frecuenta dentro del vehículo, o el hecho de querer sentarse junto a determinada persona que ha suscitado a primera vista una buena impresión que no necesariamente debe ser del tipo sentimental. Pasada la fase de ubicación del privilegiado asiento que contendrá nuestra humanidad por una breve lapso de tiempo, ocurre el primer momento de ensimismamiento en donde somos uno solo con nuestros pensamientos. En esta etapa "prefilosófica", aún somos conscientes de la pequeña realidad que nos circunda; de repente un niño en brazos llorando nos arranca de ucronías y distopías mentales, una señora choca contra nosotros inconscientemente y nos impide seguir edificando acciones ficticias que nunca se harán realidad, o un vendedor ambulante sube a ofrecer sus productos con una repetitiva retórica para nada ciceronea, privándonos de cavilar las excusas del caso bien sea ante la pareja, jefes, amigos, familia, etcétera. Cabe advertir, que lo antes expuesto solo se presenta con mayor frecuencia en aquellos afortunados que alcanzaron a hacerse de un asiento. El resto, los que sufren a pie y en silencio, deben soportar con estoicismo aureliano los embates de la vida agitada del bus mientras danza por las arterias de la ciudad.
Supongamos que hallamos un buen lugar en el bus y todo parece propicio, es decir, no hay factores distractores que nos impidan ser uno con el pensamiento del momento para internarnos de lleno en ellos, esta es la fase de la "reflexión profunda" del viaje. Es aquí donde no interesa ya lo que ocurra con los otros pasajeros, puesto que es tan poderosa la reflexión interna que las banalidades suscitadas parecen ordinarias y poco dignas de nuestra presuntuosa atención. Si acaso, le prestamos un poco de cuidado al recorrido del bus para no perder la necesaria ubicación "geo-espacial" de la ciudad. Entregados a nuestras necesidades de reflexión, nos martirizamos por lo no conseguido, nos preñamos de ilusiones que nacen de situaciones que no siempre lo ameritan, remembramos hechos pasados y reímos estúpidamente sin pensar que el pasajero de al lado nos esté observando con ojos inquisidores. Es el momento culmen del viaje en donde afloran teorías de diverso orden; el bus sería entonces una máquina creadora de ideas ambulantes.
Suele pasar también, que de repente la mirada se estrella con la de otra persona de imprevisto y nos ahuyenta de la etapa reflexiva . Ese contacto es más diciente cuando los que se observan detienen exactamente al mismo tiempo la mirada del uno con respecto al otro y se miran con la fijeza precisa de quienes se sondean en mutuo acuerdo para develar los "porqués" de la otra persona. Fruto de la vergüenza, el miedo, el respeto o el orgullo, se baja la mirada. Pero después, y más si se trata de alguien que generó una impresión positiva, se vuelve a caer en el ir y venir de las miradas cómplices generando un extraño vértigo de curiosidad inenarrable. Sucede que la chica del bus que te miró durante tanto tiempo, y que incluso, juraste querer desde la oprobiosa distancia por su belleza, a la larga no es más que una bella fantasma de bus, un espectro que el macabro tiempo osa en poner como distracción momentánea; es un espejismo del bus en la mayoría de los casos porque sabes que el idilio, con todo y las bellas historias utópicas que creaste junto a ella en la cabeza, se esfuma cruelmente cuando ésta se levanta de su asiento y se baja del bus en un santiamén. Ese efímero y jocoso momento de tristeza luego de la partida de la observada susodicha nos acompaña durante el resto del viaje y es capaz de ser tema de otro momento reflexivo durante ese y otros trayectos.
Por tanto, es mejor no encontrarse a menudo con esos fantasmas de los buses para no sufrir de futuras lamentaciones de lo que pudo haber sido y no fue. No obstante, sucede que en muchos momentos de nuestras vidas, la existencia se hace acompañar de fantasmas que creíamos lejanos. Una vez se aproxima el punto de llegada, nos aprestamos a levantarnos, dejamos los pensamientos del bus en el bus y mientras salimos del mismo, debemos echar una ojeada final del que fue el hogar de nuevas maneras ficticias o reales de vivir, siempre pensando que ya habrá otra oportunidad para abordar de nuevo otro bus, y por tanto, otra experiencia itinerante. Es momento de ingresar a la verdadera realidad; bien sea ésta oprobiosa, hermosa, provechosa, aborrecible, bizantina o cansina.
DIEGO ALEJANDRO HIO ROJAS

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