A Isaak Yúdovich Ozímov, más conocido como Isaac Asimov,
lo leí por primera vez en años pretéritos a decir verdad por el recurrente
accidente que de cierto modo es entendible en cuanto a la vinculación que tiene
la literatura de terror de los viejos pulp con la literatura de ciencia
ficción. Se trataba de una antología en la que destacaban relatos cortos tanto
del exquisito Clark Ashton Smith, como del desenfrenado Robert Howard. En algún
momento de los siempre deliciosos prólogos que nos introducen los recopiladores
de este tipo de antologías de terror científico, un narrador mencionó a Asimov
como una fuente desde donde se podrían entender los devenires del cosmos en voz
de alguien adscrito al mundo literario, pero también, al mundo de la
ciencia. Intrigado por las puertas
abiertas que los buenos prólogos siempre deben dejar a manera de invitación, me
aventuré, para saciar la natural curiosidad y, de esa manera, leí algunas
recopilaciones de relatos cortos que Asimov emprendió durante la década de los
70's. Al adentrarme en las introducciones que Asimov concibe como
"abre-bocas" para sus relatos, se revela el abismal caudal de
conocimiento contenido en la voz narrativa. Se percibe la pluma de un maestro,
que no surfea mansamente sobre las olas de un conocimiento dócil a sus manos,
sino que se yergue como un coloso de mil cabezas en constante expansión. Aquel
que surca los cielos del arte y la ciencia no es otro que un maestro de
condición rebelde, alzándose contra los paradigmas que, nacidos a finales del
siglo XIX, dividen de manera rigurosa las disciplinas en ramas del saber.
Al Asimov escritor de libros de notable calidad de
ciencia ficción se le conoce muy bien en el mundo de las letras (como la saga Fundación,
entre otros), incluso más que al Asimov recopilador de antologías, al Asimov
divulgador de historia y que al
Asimov divulgador de ciencia en
textos de estimable apreciación. Y no es inmerecido este reconocimiento hacia
su obra como literato preponderante de ciencia ficción, pues sus méritos en
este género han sido tan loables que dudo en demasía que puedan ser superados
en el futuro cercano. Mas el presente escrito, se guía en el sentido de
apreciar, con decoro o sin él, al Asimov de la divulgación científica y, también,
al Asimov que prologa relatos de otros
autores de ciencia ficción y que lanza razonamientos desequilibrantes en medio
de sus disertaciones como el siguiente: "¿Puede la especie humana
deberse únicamente al azar? Naturalmente, no se trata del azar por sí solo,
sino guiado o dirigido por la selección natural. Sin embargo, ¿basta tal
dirección, ciega y carente de inteligencia, para dar lugar al ser humano? Si
realmente la evolución se ha producido al azar, sin una dirección consciente,
¿no es una casualidad fantástica que estemos aquí?". Profesional en el
estudio de las ciencias naturales en la parte concerniente a la bioquímica, este
escritor supo unir con gran elocuencia visionaria el lenguaje de la ciencia con
el presentado en la ciencia ficción de entonces que cargaba una importante
tradición de poderosas mentes creativas de la talla de Shelley, Wells, Verne y
Gernsback. No es gratuito afirmar que la afortunada incursión de Asimov en la
ciencia ficción marcó un antes y un después en este género que sus innumerables
seguidores no nos ahorramos en remarcar.
Escribe Asimov en el prólogo de Transplante
obligatorio (1986), la siguiente pregunta que deriva de una larga y
bellísima demostración de las capacidades del homo sapiens para pensar
en abstracto su realidad, lo cual según él, lo define como una especie única: "¿No
resulta terrible, entonces, que todos nuestros conocimientos, puestos al
servicio de nuestras pasiones, nos hayan colocado al borde de la
autodestrucción? Y si nos destruimos a nosotros mismos, ¿no es evidente que
estaremos destruyendo algo que puede ser absolutamente único en el Universo y
que quizá jamás podrá ser reemplazado? ¿No deberíamos trabajar para mantenernos
vivos como individuos y como civilización, aunque sólo fuera por egoísmo y
vanidad, ya que no por otras emociones más nobles?". Preguntas de este
talante y afirmaciones lúcidas encumbran la prosa del creador de las tres leyes
de la robótica a una cima inobjetable que le sigue valiendo el respeto y el
título de maestro en el arte de hacer divulgación científica. De Asimov tenemos
textos clarificadores y necesarios en su lectura para hacernos partícipes de su
inconmensurable conocimiento puesto al servicio de todos los públicos en un
lenguaje "embrujador". Dichos textos que van desde "Cómo
descubrimos el petróleo"(1971) , "De los números y su historia"(1977),
"La fontosíntesis"(1980), hasta temas de aparente
complejidad física como los abordados en "El monstruo subatómico"(1986) o "La medición del universo"(1984),
nos brindan una buena dosis de un Asimov profundamente apasionado por la
ciencia, expectante ante los rumbos del futuro, conmovido por la majestuosidad
de la que estamos rodeados y sorprendido de lo que somos como especie. No se
trata del tipo de divulgación científica que algunos como Fernando Vallejo tildan
socarronamente de "imposturología", sino de una divulgación bastante
didáctica en su explicación que puede hallar unos pares válidos, en cuanto a estilo
dentro del género, en los célebres textos que han escrito Brian Greene o Michio
Kaku para el público profano.
A propósito de Vallejo, vale la pena no dejar pasar por
alto la afirmación que hizo sobre la utilidad de los textos de divulgación
científica, direccionada (como no) hacia una crítica de los
"charlatanes", como llama él a los escritores de ciencia, aparecida
en su satírico libro titulado "Las bolas de Cavendish" (2017):
"En cuanto a la divulgación científica, no tiene razón de ser. Confunde
pretendiendo aclarar. La ciencia es compleja y la simplificación falsea lo
complejo." Unas líneas atrás, se atreve con su bufonesco e irreverente
lenguaje a desafiar la veracidad de los hechos descubiertos por la ciencia:
"Las mediciones, los experimentos y las fórmulas matemáticas han hecho
a la realidad aún más impenetrable. Medimos y no sabemos qué." Empero,
lo que hace Vallejo en textos como el mencionado o en La tautología
darwinista (2002) es darle más razones a la divulgación científica para
existir y seguir propagándose como saber depurador en medio de un mar de libros
de autoayuda y misticismos didácticos propios de esta "sociedad del
cansancio", así sea mediante el uso de un lenguaje finamente soez que
resulta apreciable. Dejando la figura de Vallejo, y adentrándome en un análisis
más sobrio, podría sostenerse que la empresa de divulgación científica
concebida por Asimov representa el equilibrio preciso entre la espontaneidad
literaria propia de un maestro versificador y la de un científico
suficientemente entusiasta como para dedicarse a desentrañar los intrincados
mecanismos de un engranaje infinito que sostiene la realidad. Estas
encomiendas, que desde la posición segura del lector parecen ser un típico tour
de force, al mismo tiempo despiertan admiración, al contemplar el ingenio
universal, previo al advenimiento del positivismo, y que no está del todo caduco.
Esta trascendental lección impartida por Isaac Asimov
consiste en ilustrarnos que aún existen aquellos audaces individuos que se
aventuran a escudriñar un conocimiento universal, en lugar de recluirse en uno
meramente sectorial. No obstante, esta audacia es cada vez más escasa tras el
deceso del ilustre pensador, señalando un paulatino declive en la disposición
de los intelectuales contemporáneos para abordar un saber que abarque todos los
rincones del conocimiento.
DIEGO A. HIO.
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