Hacia el año 1609 apareció una publicación de poemas adjudicada
al bardo de Stratford Upon Avon por parte de un famoso editor inglés llamado
Thomas Thorpe, este editor ya en el pasado había publicado obras de Marlowe,
Jonson y Chapman. El título de la publicación decía “SHAKE-SPEARES SONNETS.
Never before imprented” y el año de 1609. Estos sonetos si bien no tuvieron una
rápida acogida benevolente por parte de la crítica relacionada con la
literatura, que quizá estaba más habituada a los eximios monumentos del arte
literario de Shakespeare como los expuestos en sus sangrientas tragedias, sí lograron un eterno análisis tiempo
después a propósito de los variados temas relacionados con los sonetos. No
obstante, dichos análisis no dan cuenta en la mayoría de oportunidades de los
temas que allí trata el bardo sino más bien sobre las figuras (personas) a las
cuales iban dirigidas. Identificar al supuesto personaje masculino provocador o
suscitador de las delicadas, reflexivas y sugestivas creaciones poéticas de los
sonetos 1-126 y desenmarañar la misteriosa figura de la esquiva Dark Lady de los sonetos 127-152 han
llamado más la atención de los especialistas que los temas subyacentes a esos
personajes altivos. Personajes que podrían ser fácilmente ficcionales o metafísicos.
Este escrito se enfocará solo en el análisis de la voz
poética del hablante lírico que le compone a la Dark Lady en lo referente a las cuitas que nacen a partir de los
desplantes y el desamor que el poeta siente respecto a esa especie de musa
shakesperiana que en mucho se aleja de las mujeres de algunos poetas isabelinos
y de otros renacentistas consagrados como Francesco Petrarca. No se pretende
obrar como deseara Friederich Schlegel, citado por Gutiérrez Girardot en Historiografía literaria e ideología[1] a la manera de un
juez del arte de las letras sino como un observador aficionado al bardo inglés
que halla interesantes puntos de reflexión en los sonetos que perviven en el
relacionamiento con fines amorosos de las personas hasta el sol de hoy. Lo
anterior da pie para aventurar con atrevimiento una soez símil entre el amor no
correspondido del hablante lírico de los sonetos con aquellos seres
contemporáneos que viven en la “friendzone”; la comparación es harto grosera
pero no se pueden obviar algunas semejanzas entre ese estado de espera casi
devocional del poeta de Shakespeare por su amada (la Dark Lady) y el desespero a ratos deprimente de los no correspondidos de la actualidad.
Alfonso Reyes atinaba y mucho al afirmar que “toda historia literaria propone un antología
inminente”, lo anterior como referencia a que Shakespeare no inventó de la
nada la majestuosidad y el decoro a ratos irónico de sus sonetos. Shakespeare
siguió el curso de la historia literaria y realizó su valioso aporte antológico
para cumplir con una de las sentencias que el meticuloso Mijail Bajtin observaba:
“El texto solo vive en contacto con otro
texto”. Acaso a título personal considero que el dramaturgo y poeta del Globe theatre pone en continuo diálogo
las concepciones del arquetipo de la “mujer desdeñosa” de los viejos trovadores
con las reflexivas opiniones líricas de su poeta en los que la parodia a ese
tipo de mujer que trataban los trovadores queda evidente puesto que, ¿acaso no
puede haber cierto toque de ironía en exaltar a una bella y sospechosa meretriz
(en Shakespeare) con aquellas damiselas que levitaban en las plumas de los
trovadores y hasta del mismo Petrarca?. Dado lo anterior, se hace evidente que
la premisa de Bajtin pareciera cumplir su certero propósito.
La congoja conmovedora que nos presenta el hablante
lírico y su dinámica voz en el desierto imaginario induce a pensar en una serie
de experiencias personales que el autor tuvo que haber vivenciado, pero no es
así, una de las particularidades de los genios es hacer fácil y digerible lo difícil,
y Shakespeare ha sido el mejor de todos en esto. Su maestría es tan magnánima
que la creación de sus continuas máscaras ficcionales es uno de los más bellos temas
de estudio de la crítica literaria de tal modo que es pertinente olvidarnos de
una posible experiencia personal que el autor pudo haber tenido. En el soneto 150
el poeta es consciente del engaño en el que se encuentra por creer en quimeras con
aquella dama. Fantasea con ella y culpa a uno de sus sentidos por dejarse
hechizar profundamente. Reflexiona y se autoflagela por su debilidad:
¿De qué poder recibes la poderosa maña
que el corazón me agita con tu insuficiencia
forzándome a decirle al ojo que se engaña
y a jurar que al día la luz no da excelencia? (…)[2]
Dicho lúcido autorreproche está patente en la mayoría de
sonetos de la serie de la Dark Lady, como
en este caso en el doloroso soneto 149:
¿Cómo puedes decirme, oh cruel que no te quiero
cuando contra mí mismo me pongo de tu parte?
¿Acaso en ti no pienso, si incluso desatiendo mi propio
ser,
tirano de mí, por agradarte?
¿A quién que te detesta le llamo luego amigo?
¿A quién frunces el ceño que yo dé alabanza? (…)[3]
Estamos ante una voz
poética que a pesar de su derrotismo melancólico y de la pena por el amor que
no es correspondido parece tener un conformismo sin el cual su vida no sería la
misma, goza con el comportamiento de la Dark
Lady y le canta a esa desdeñosa mujer que no se inmuta en otorgarle la
misma atención que él le profesa con fidelidad. Sin embargo, es un poeta que
sabedor de su grave enfermedad de amor en donde las fiebres crónicas se
producen cuando ella lo observa no atina a culpar del todo a su amada, puesto
que como se nos muestra en el soneto 152 (que cierra la serie de la Dark Lady) él sabe que el culpable de su
tribulación es él mismo por dejarse llevar por la ceguera de sus pasiones, aquí
encontramos una alusión a Cupido, el ser que dispara sus venablos con los ojos
vendados y por consiguiente se nos muestra una metáfora del amor relacionado
con aquello que nos atrapa e invade y que tiene la capacidad de obnubilar el
buen juicio. He aquí un ejemplo de ese amor ciego aparecido en el soneto 137
del que tanto se queja el poeta:
Lunático amor ciego ¿qué haces con mi vista
para que apenas mire sin ver lo contemplado?
bien sabe lo que es bello, y sabe dónde estriba, y
pese a todo acepta por bueno lo dañado. (…)
En la verdad, los ojos y el corazón erraron,
y el mal de lo ilusorio los dos se contagiaron.[4]
El enamorado artista
de los sonetos es un ser consciente de esa particular idiotez que produce el
amor, más cuando no es correspondido y por ende, es un personaje sensible a
cualquier cambio que su amada le demuestre. Es capaz de recorrer y tocar los
caminos y objetos por donde ella ha estado y se imagina los labios de la mujer
junto a los suyos en un beso deseado. Vive en las nubes pero es consciente de
ello y las consecuencias de ese estado masoquista, en otras palabras, padece
una enfermedad que tiene una cura, pero él se niega a probar esa cura porque en
el dolor parece hallar cierta belleza estética que le da poder a su creación
poética. Este singular proceder del hablante lírico parece responder a lo que
Voltaire opinaba sobre sí mismo cuando creía hallarse en similares condiciones
existenciales: “Inventarse pasiones
(ficcionales) para ejercitarse” en un amor metafísico que parece estar más
ligado a una pugna contra la muerte y el tiempo que contra una persona real.
Por otra parte, los sonetos nos parecen
actuales porque tratan sobre un tema que traspasa las fronteras de los siglos y
que irremediablemente siempre estará vigente: el amor. Por esto es que podemos
percibir el dolor y la impotencia del
poeta sin la necesidad de entender el contexto en el que fueron creados estos
versos, Jonathan Culler al respecto dice que la lírica crea su propio espacio
interpretativo: “La lírica se fundamenta
en una convención de unidad y autonomía, como si existiera la regla de que no
hay que tratar el poema como un fragmento de conversación – que necesita de un
contexto más amplio para ser explicado-, sino asumir que tiene una estructura
propia e intentar leerlo como si fuera una totalidad estética.”[5]
Por tanto, en cada
poema reside una soterrada epifanía que renueva la figura de la Dark Lady que es evidentemente
plurisignificativa debido a la multiplicidad de los valores semánticos
asociados a las acciones y pensamientos que el poeta tiene respecto a ella. Dentro
de ese notable dinamismo de percepciones que el poeta tiene la voz poética
afirma una de sus más lúcidas reflexiones en donde el sensible artista alza una
enérgica crítica contra aquellos que abusan de la hipérbole y de las figuras
retóricas rebuscadas para exaltar a una mujer mediante la poesía, pues él cree
y ama más a una mujer terrenal que a una que beba de manantiales que destilan
agua sacra y que flote con ayuda de las alas de un ángel. El soneto 130 es un canto a
ese amor más terrenal y una parodia abierta a los versos de los poetas más “depurados”
y “castos” sobre el tema:
Al sol no se parecen los ojos de mi amada,
ni son sus labios rojos como el coral más puro;
sus pechos son negruzcos, y no de piel nevada,
y el pelo no es de oro, sino de alambre oscuro.
He visto rosas rojas, blancas y adamascadas, mas
ella en sus mejillas de rosas no hace gala (…)
En estas primeras líneas
ya se nos muestra un descenso al mundo pedestre de la mujer que ama, aborrece
las comparaciones de su querida mujer con la naturaleza porque considera que la
Dark Lady en si tiene una belleza única
que no puede ser comparable a cualquier ser o cosa que haga gala de atributos
hermosos. En esto, el poeta pretende ser más original y sincero que otros
colegas que no se ahorran el uso de comparaciones al usar sus plumas para
entonar cantos abarrocados repletos de metáforas a sus amores. Finalmente, el
poeta destaca que aunque la diferencia entre una diosa y una mortal sea
evidente, esto no justifica una comparación entre una y otra porque ambas
poseen diferentes bellezas que merecen ser amadas. De nuevo el alegato parece
una crítica directa a sus colegas:
“Y aunque a una diosa no he visto caminando,
cuando mi amada anda sus pies tocan la tierra.
con todo, ella merece las mismas alabanzas que las que
otros mienten con falsas semejanzas.”[6]
El más puro amor
parece apoderarse de sus versos, pretende ser sincero y muy sentido aunque
conozca de antemano que su amada no cederá ante él por más que de que se
muestre diferente, y es debido a esto que en el soneto 131 pone de manifiesto
una lucha contradictoria entre la belleza de su amada y el comportamiento
esquivo de la misma. Parece descubrir que entre más la exalta y la adorna con
su arte escritural ella más se aleja y busca placer mirando a otros hombres que
no son tan atentos y se ufanan ante ella. La Dark Lady se fija más en los hombres que la cortejan sin venerarla
que en aquellos que se postran humildemente ante sus pies. Pero como suele suceder,
este rechazo enciende todavía más la llama creativa de su pluma y no se ahorra
los reclamos tanto para ella como para él mismo, aunque los reclamos dirigidos
a su “musa” sean también para él. Tanta es la obsesión con ella, que un rechazo
luego equivale a una fiebre y así hasta quedar débil de fuerzas, la fusión que
el poeta experimenta con la palabra y su forma de existir recuerda la premisa
de Martin Heidegger acerca de la lírica cuando afirma que “la poesía es la instauración del ser con la palabra” en donde el
ser en su plenitud de identidad queda al descubierto y se hace patente a través
del arte de la palabra.
Quizá la enfermedad
de la que parece liberarse el poeta al final de la serie de sonetos de la Dark Lady haya sido tan incomprendida
por él mismo como lo sospechamos al aventurarnos a un análisis de estos sonetos
que cambian continuamente de reflexiones, ritmos y posiciones existenciales que no
sea del todo descabellado estar de acuerdo con Nancy cuando escribió que “en el corazón de las cosas-palabras, como en
el corazón de todas las cosas, no hay lenguaje”[7],
por tanto, no hayan sido las palabras lo suficientemente efectivas para develar
el dolor y la espera eterna por su amada. Porque en resumen, el desamor
shakesperiano en estos sonetos se relaciona mucho con los desplantes, las pulsaciones
eróticas, las ilusiones incumplibles, las afectaciones del sentimiento y la
profunda lucidez de saber exactamente que ese tipo de amores incomprendidos a
veces son necesarios para espabilar un poco el arte interno a pesar de su
innegable naturaleza nociva.
Diego Alejandro Hio R.
[1]
Gutiérrez, R. (2015). Historiografía literaria e ideología. Revista Aquelarre.
Volumen N°28. Pág. 128.
[5] Culler.
J. (2000). Breve introducción a la teoría
literaria. Barcelona: Crítica.
[7]
Nancy, J.L. (2002). Un pensamiento
finito. Barcelona, España: Anthropos. Pág, 156.



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