Acto
de texto a propósito del cuento El
Centauro de José Saramago aparecido
en la antología de cuentos Casi un objeto
(1978).
Brotan silenciosamente de las grutas inadvertidas del perenne
pensamiento religioso haciendo de su retorno algo hermoso. Ellos emergen de la cálida
esperanza o del fanático desespero que vuelve pensamientos recurrentes en ondas
poderosas de atracción que los aclaman en tiempos no fijados por la
racionalidad que todo lo planea circunscribir en marcos objetivos. La semilla
desde hace siglos fue sembrada en estas tierras otrora fértiles por las
diligentes manos de seres inclasificables en las categorías clásicas de las ciencias que todo lo miden. Ellos subsisten
y visitan sus antiguos hogares para hablarnos de tiempos inmolados, desapercibidos
u obviados por la mutable historia de los hombres. Han sido y son musas
insospechadas de muchos escritores, chamanes, sacerdotes, brujos, rabinos,
ocultistas, monjes, magos, imanes, culebreros, pastores y demás menesterosos de los
oficios poco convencionales o útiles para las personas que se jactan de ejercer
oficios productivos en estos convulsionados momentos de millennials desentendidos
e integrantes rebeldes de la llamada generación Z. De vez en cuando son
invocados por un maestro de las letras para refrescar los ociosos ojos de
algunos fisgones que se deleitan con estos “eternos retornos”. Pues bien, este
escrito trata sobre uno de ellos; el regreso del centauro de la mano de
Saramago y el encuentro de éste con el renombrado caballero manchego.
El solitario centauro de Saramago es un triste ser errante que está abandonado a la suerte de sus miedos internos nacidos desde que el despiadado Heracles derrotó al legendario centauro Neso en aquella fatídica y recordada batalla. Fue Heracles el que prácticamente aniquiló a su especie provocándole al último espécimen de estas recordadas criaturas un temor cerval que se complementa con los surgidos durante su dura estancia en este mundo del paradigma galileano que como tal, poco a poco va volcándose hacia un predominio absoluto de la especie humana y sus leyes. Un estado en el que los centauros, hombres-lobo, faunos y demás criaturas de progenie antigua no tienen cabida porque el tiempo del hombre lleva tácitamente el cruento lema de que el tiempo de esos seres ha expirado en la realidad mundana para volverse eterno en la sublimidad que unos pocos aún evocan. La extinción en el mundo real de los centauros para luego aclamarlos desde la inmortalidad del relato nos recuerda que “el arte, como el dios de los judíos, se alimenta de holocaustos” (Flaubert, citado por Roca, 2007, p. 15)
En ese mundo transformado y altamente peligroso
sobrevive el avezado centauro que se ha
endurecido tras penosas jornadas de cansancio, heridas de la intolerancia y
sueños que le van apagando lentamente la llama de la vida pero que a su vez lo
van adaptando a una realidad ineludible que resulta ser muy difícil para un huérfano
del mundo que simplemente lucha por ser alguien, esto es, sobrevivir un día más
para matar en cada sueño a Heracles y así tomar venganza por lo que éste le
hizo pasar a sus desdichados hermanos de sangre. El centauro es esquivo y sabio
por los años que le ha correspondido vivir en la tierra de los hombres, sin
embargo aún conserva el dejo espiritual de su mundo antiguo y perdido en el que
Zeus y su vasta familia aún vivían en el Olimpo, su existencia se ubica en esa
realidad envejecidamente hermosa en donde aún moraban criaturas majestuosas a las cuales temer. El
centauro aún las consigue ver en el mundo de los hombres (Homo sapiens mendax en palabras de F. Vallejo) porque éste sigue
siendo el mismo, pero con más humanos que de costumbre; ellos ya no son los
mismos humanos de antaño debido a que ahora no ven más que el reflejo de las
realidades que sus teorías han creado en su afán por conocer, destruir y acto seguido pulverizar lo que durante
muchos años tardó en construirse para luego estudiarlos y vanagloriarse en
discursos postineros sobre las culturas destruidas en nombre del “progreso” y
la ciencia.
El mundo para el Centauro en harto mudó y también los
procesos de pensamiento del ser humano, sin embargo en sus aventuras por
tierras lejanas allende su hogar nunca olvidará a un hombre espigado con el que
se identificó eternamente a pesar de haberlo visto durante un breve lapso de
tiempo, quizá con el único hombre con el que realmente hubiese forjado una
amistad, un aventurero hombre anacrónico que como él veía lo que los antiguos
hombres lograron atisbar al dejar sus sentidos en un mágico libre albedrío en
el que lo espontaneo aparecía y desaparecía con esplendor y admiración. Era aquel que vivía en otro plano existencial en donde se infundía la vestimenta de justiciero, mago, cruzado, amante, literato y escriba de su propia insana/lúcida épica a la usanza de un trovador de gesta. Ese
hombre fue el Quijote de la Mancha, el mismo al que todos tildaron de loco por destruir el retablo de marionetas del maese Pedro en medio de la presentación del Entremés del retablo de las maravillas, el mismo caballero andante que con lanza en mano luchaba con la pasión de la justicia contra furiosos molinos de viento siguiendo las normas de la
caballerosidad medieval, al mejor estilo del denodado Ivain el caballero del león
o del sacrificado Roldán. Sigo pensando a título muy personal que este pequeño pasaje del centauro observando al caballero es uno de
los más grandes y bellos homenajes que un escritor le ha hecho a Cervantes,
sencillamente conmovedor.
El Quijote al igual que el centauro vio en los molinos
de viento a un gran ejército avasallador que se asemejaba al gigante Briareo por su
tamaño y aparente fuerza, pareciera difícil explicar lo que el centauro logró
sentir al ver que un ser humano de un siglo diferente al de su nacimiento
(muchísimos años atrás) pudiera ver lo que solo los seres de sangre divina y de
espontáneo grado de asombro podían ver, por ello quiso salir a su encuentro y
ayudarlo. Pero se detuvo, observó lo que el valiente caballero trataba de hacer
y al ver que el hidalgo de la triste figura era derrotado por la inquisidora
fuerza del gigante, se encolerizó en uno de esos ataques de “furia
sagrada” que a ratos invaden la personalidad de los seres más nobles del universo y salió a vengar la derrota del único ser con el que tuvo una
conexión de cosmovisión similar y que lo diferenciaba de los demás hombres
quienes estaban más entregados en el trabajo de los aparentes descubrimientos
que traerían más desarrollo para la sociedad. Solo unos pocos hombres lograron
observar la cortina de humo desde lo más profundo del anonimato. Ellos poseen sangre divina per se.
Leer el cuento
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Roca, J. M. (2007). Presentación de La casa sin sosiego, los poetas colombianos y la violencia (ant.). Bogotá: Taller de Edición.
Nota: Homo sapiens mendax, hombre sabio-mentiroso. Nombre propuesto por Vallejo para la especie en el Manualito de imposturología física . (2005)
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Roca, J. M. (2007). Presentación de La casa sin sosiego, los poetas colombianos y la violencia (ant.). Bogotá: Taller de Edición.
Nota: Homo sapiens mendax, hombre sabio-mentiroso. Nombre propuesto por Vallejo para la especie en el Manualito de imposturología física . (2005)


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