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EL AMOR EN TIEMPOS DE "EL ENFERMO IMAGINARIO" DE MOLIÈRE

“Pour ce que le rire est le propre de l'homme.” Rabelais. 


"Los mohínes del amor se parecen mucho a la verdad; he visto a muchos comediantes en este arte".  Molière en  El enfermo imaginario.

Fue justo después de la cuarta representación de El enfermo imaginario en aquel 17 de febrero de 1673 cuando el genio dramaturgo de París que hacía parte de la dramaturgie de Versailles, aquel del que  tanto hablaba Boileau al Rey Sol como  “el más grande artista del siglo” (siglo XVII), el padre de la  Comédie-Française sufría una decaída en su salud que rápidamente y de forma teatral lo llevaba a la muerte ante las miradas sospechosamente cómplices y placenteras de las huestes de innumerables médicos, abogados y clérigos  (agelastas todos) que deseaban su desaparición y ante el triste atisbar de un arte que nunca volvería a ver a un dramaturgo cómico por mucho tiempo como él. Nadie como Jean-Baptiste Poquelin (Molière) para retratar a su sociedad de contradicciones éticas y opulencias disfrazadas que soterradamente escondía envidias en esos frescos llenos de picardía, realismo y belleza que constituyen sus comedias. Un género que cultivó con la dedicación y el amor  necesarios para ubicarlo  hoy por hoy como uno de los grandes comediógrafos de la historia, sin dudas a la par de Aristófanes y Plauto. No en vano su hermoso epitafio reza de la siguiente manera:

Aquí yace Molière, el rey de los actores.
En este momento hace de muerto, y de verdad lo hace bien.

Recientemente se representó una obra del legendario dramaturgo francés en el teatro Fanny Mickey de Bogotá que integraba la técnica Clown con la música; la obra escogida fue “Médico a palos” (1666) dirigida por Jorge Mario Escobar. En vísperas de la mencionada función la revista Arcadia haciendo promoción de la obra tituló una de sus publicaciones destinadas a develar un detrás de cámaras de la presentación de este modo: “El machismo en tiempos de Molière”. El título sugestivo de por sí suscitó el nombre de la presente entrada pero enfocada en este caso al amor, un concepto de amor que para Molière le significó muchas querellas con los numerosos puritanos quienes veían en sus piezas constantes incitaciones a la “inmoralidad”; al parecer estos personajes instigaban al Rey Sol para que le prohibiera a su protegido comediante las presentaciones de sus “malsanas” obras en el  Théâtre du Palais-Royal. Incluso Rousseau en un ataque de ira contra Molière años después consideró peligroso y hedonista el arte del comediógrafo según palabras tomadas por el escritor Jean Malignon[1]: “art non édifiant, et, par la même, inmoral, coupable” y agrega Rousseau en cierta misiva al enciclopedista y colega suyo d’Alembert[2]C’en est assez, ce me semble, écrit-il en conclusión, pour rendre  Molière inexcusable”, “Ya es suficiente, creo, escribe en conclusión, para hacer inexcusable a Molière”. En vida lo arreciaron sin piedad las oleadas de vetos promovimos en la mayoría de los casos por las influencias de la iglesia católica y los líderes de las distintas congregaciones cristianas surgidas luego del cisma, pero también estas prohibiciones eran alentadas por los “gremios” a los cuales ponía  en ridículo en sus obras. Es conocida la frase del jansenista Pierre Nicole escrita en su Traité de la comédie[3] (1667) a propósito de la influencia del arte sobre las almas de las personas, haciendo clara alusión a Molière: “Un faiseur de romans et un poète de théâtre est un empoisonneur public, non des corps, mais des âmes des fidèles.” / “Un creador de novelas y un poeta de teatro es un envenenador público, no de cuerpos, sino de las almas de los fieles.”


Del filme Moliere-2007.
No obstante el  espíritu del artista no desfallece en medio de la galerna, por el contrario se vuelve más agresivo y perspicaz en sus punzadas hacía aquello digno de volver comedia.  Molière aplicaba todo su ingenio en lograr sobrepasar a sus críticos y situarlos  o al menos ponerlos en evidencia resaltando sus características mediante el recurso de la sátira, hacía lo que Tucídides ya había descubierto siglos atrás: “Por una necesidad de Natura, todo ser ejerce siempre todo el poder del que dispone”. Siendo su mayor poder evidentemente el de la energía que le imprimía al arte escénico por el cual ganó tanta fama en vida y más post mortem superando en popularidad al propio Louis XIV, aquel que se vanagloriaba con rimbombancia absolutista diciendo: L'État, c'est moi / El estado soy yo. Cuando escribió El enfermo imaginario ya estaba en una edad madura, su nombre no era una sorpresa y por el contrario ya era común saber de él más que nada por los escándalos que su arte despertaba. Algunos críticos dicen que sabedor de su pronta muerte Molière decide escribir esta obra en la que ubica a un presunto enfermo llamado Argan como el centro de la trama sobre el cual giran las críticas a las relaciones de pareja y a los médicos sabiondos a los cuales deja en ridículo al descubrir su ignorancia en temas de medicina, tal vez porque los galenos de su tiempo no habían aliviado sus males de salud. En la obra Beraldo, hermano de Argan lanza este ponzoñoso dardo sobre los médicos: “En los discursos y en las cosas, son dos clases de personas vuestros grandes médicos. Oídles hablar: son la gente más hábil del mundo. Vedlos actuar: los más ignorantes de todos los hombres.”. Por otro lado el tema del amor parece subyugado y abigarrado al de la crítica de los médicos, sin embargo siempre está latente y vibra al son de las situaciones cómicas que el dramaturgo expone; el amor de pareja en este caso se hace más visible  en el afecto que se tienen Angélica (hija de Argan) y Cleante, joven pretendiente de la dama que ha sido comprometida por su padre con el hijo del médico Diafoirus, Tomás Diafoirus. Es el amor en este caso un asunto que aparentaba ser trágico pero que termina siendo sosegado por la cándida risa algo más bien pintoresco y burlón.

El amor que sienten Angélica y Cleante es recreado probablemente en el pasaje más hermoso y por tanto memorable de la obra por el propio Cleante quien se inventa apresuradamente una opereta pastoril-bucólica en pleno acto y en presencia del pretendiente y rival Tomás Diafoirus. Molière introduce aquí una obra en la misma obra emulando una técnica expuesta años atrás por el bardo de Stratford-upon-Avon en Hamlet (1603) - excusaran mi bardolatría. El delicioso y breve canto al amor sincero y humildemente pastoril  de Angélica (Filis) y Cleante (Tirsis) en mucho me recuerda al evocado por Luis de Góngora en La fábula de Polifemo y Galatea (1612), solo que obviando la despiadada figura del Cíclope Polifemo. Quizá se entienda mejor este amor en el siguiente extracto de la obra:

Cleante: ¡Ay de mi bella Filis! Podría ser que el enamorado Tirsis gozase de tal placer para poder poseer un sitio en vuestra alma virginal?
Angélica:  Yo no quiero fingir en este extremo dolor. Sí Tirsis, vuestro es mi amor.
Cleante: ¡Oh, palabras henchidas de seducciones! ¡Ay, Filis, repetidlas, para alejar todo error!.
Angélica: Sí, Tirsis, con toda ternura os amo.

He aquí un ejemplo de amor bucólico a lo Virgilio, en él sobran las buenas intenciones de los amantes a pesar de las presiones externas que intentan desunir lo que esas dos  almas rebosantes de amor anhelan. Spinoza alguna vez definió el amor como “…una alegría acompañada por la idea de una causa exterior[4], sí es así entonces ¿Cuál sería la causa exterior de estos amantes en la comedia de Molière?, ¿Acaso, conociendo el tono burlón de este dramaturgo no será el de dejar en ridículo a una sociedad machista en el que el destino marital de una mujer está ligado a los caprichos de dicha sociedad patriarcal representada en su padre? o ¿Quizá, dejar en irrisoria situación al hijo de un médico distinguido por pura vendetta personal con este gremio?  Luego, Manuel Cruz resumiendo el concepto final de amor de Spinoza agrega: “En definitiva, para Spinoza el amor (al igual que el odio, el temor y las demás emociones) es tan fuerte que nos debilita”[5]. En El enfermo imaginario el amor de Angélica hacía Cleante es visto por su padre como una cuestión  de desventaja para su salud, él quiere que ella se case con un médico para que éste le pueda atender todos sus “achaques” pero el amor causa debilidad, congoja y traición hacía él; su segunda esposa Belina no lo quiere en verdad (solo está con él por interés), lo cual lo deja desolado y quizá por ello termina aceptando a las bravas el amor de Angélica con Cleante. El amor de estos dos ilusionados jóvenes vence al status quo en la medida en que cumplen con un designio escrito por su creador: “Cuando se quiere dar amor, hay un riesgo: el de recibirlo”.


Los andurriales del amor aparentan ser dóciles a simple vista, pero cuando se intentan amansar éste muestra sus múltiples tentáculos capaces de derribar murallas hechas por dioses como en la Ilíada (siglo VIII a.C), o animar placenteras cartas de amor que emanan melancolía conmovedora  como en Las Heroidas de Ovidio (siglo I a.C) y por tanto, tomarlo a la ligera como pretendía hacerlo Argan resulta harto decepcionante y en su caso revelador. Jean-Baptiste Poquelin usa el amor de pareja como leitmotiv para azuzar los hechos de la trama que indiscutiblemente conducen a un ataque ingenioso contra los médicos. Lo cual no quiere decir que deje de enseñarnos la crítica hacía el rol sumiso y pasivo de la mujer de su tiempo frente al amor,  Molière en la voz de Angélica quien se rehúsa a aceptar al marido que le han conseguido enarbola las banderas de la censura contra ese papel femenino, posición que le granjeó la fama de hedonista y perseguidor de plaisir. Angélica reprende a  su pretendiente Tomás Diafoirus alegando:

Angélica: Los antiguos, señor, son los antiguos, y nosotros somos gentes de ahora. Los fingimientos no son necesarios en nuestro siglo; y cuando un matrimonio nos agrada, sabemos muy bien ir a su encuentro sin que seamos arrastradas. Tened paciencia; si en verdad me amáis, señor, debéis querer todo lo que yo quiero.

Tomás: Sí, señorita, pero dentro de los intereses de mi amor exclusivamente.

Angélica: Pues la gran prueba de amor está en someterse a la voluntad de aquella a quien se ama.

¿No es pues la anterior una prueba del inconformismo de Molière hacía los compromisos matrimoniales que estaban lejos del amor y más cercanos a las “bienaventuranzas” económicas y del “qué dirán”? Ese es el arte de la comedia de   Molière en plenitud, es el cenit de su grandeza. Con razón Pascal escribía: “Todas las grandes diversiones son peligrosas para la vida cristiana, mas entre todas las que el mundo ha ingeniado, ninguna existe que haya tanto que temer como la comedia”. Lo desenmascara todo en la máscara del arte durante ese momento fugaz pero transformador que dura la puesta en escena. Es una explosión de ires y venires que naturalmente provoca consecuencias diversas en el espectador tal y como lo expresó el pintor y escultor Tarō Okamoto en reiteradas ocasiones: “El arte es una explosión”. Ahí está Jean-Baptiste Poquelin, el genio de la comedia resaltando hechos que a pesar de estar escritos en el siglo XVII nos resultan asombrosamente actuales en muchos aspectos porque el ser humano a pesar de los accidentes del tiempo sigue siendo el mismo en sus sentimientos contradictorios. Lastimosamente el machismo persiste, la fanfarronería está más que viva en algunos círculos de profesiones mencionadas en sus obras y finalmente las nocivas apariencias siguen su rumbo; cada quien desea que el otro (el prójimo) lo vea como alguien superior, que sea digno de respeto y si se puede hasta de envidia. Es una lucha de egos que intenta en lo posible menoscabar al otro en aras de reafirmar una personalidad propia y fuerte frente a la realidad. El maestro Francisco Hernández lo resume de esta manera: “…de ahí que el tema clave de casi todo su teatro sea la vanidad social, el deseo de aparentar lo que no es. Algo extraordinariamente extendido en una sociedad donde el código de costumbres impone un culto a las apariencias con todo su cortejo de hipocresías y superficialidades. Como lo denuncia La Fontaigne en la misma época: “Creerse un personaje es muy común en Francia”.

En 1919 Pierre Louÿs declaraba que las obras atribuidas a Molière en realidad habían sido escritas por Pierre Corneille, hecho parecido al que ocurre con W. Shakespeare y C. Marlowe, naturalmente el debate ha seguido abierto durante todo este tiempo tanto en Francia como en Inglaterra en donde se han convocado toda clase de expertos para que hagan sus aportes, pero yo siempre he creído - no sé si por costumbre o afecto - que  Molière y Shakespeare sí son los autores genuinos de sus obras, no obstante estos debates son más que interesantes y constructivos para el arte. Sea como sea las obras siguen ahí contándonos hechos y motivándonos sentimientos de comicidad en el caso de Molière, pero también de amor. Un amor que en Ovidio guiándonos en su El arte de amar se podría resumir chabacanamente en la necesidad constante de seducir para conquistar y luego para conservar mientras que en El enfermo imaginario el amor es el motor de la depuración de un problema que estaba corroído por la maraña tradicionalista de una sociedad puritana. El amor verdadero en esta obra de Molière es aquel  que alza su vuelo rompiendo cadenas y mira a las regias leyes que lo apresan todo desde las alturas de la conmovedora pasión y por tanto es rebelde en su sentir y actuar. Es un amor que no respeta etiquetas de conducta, compromisos y clases sociales; solo es posible ese amor en aquellos que acreditan por encima de las vicisitudes moralistas en otro tipo de concepción de sociedad: fin último del arte de Molière ¿Acaso poco? Porque son ellos los que creen como lo señalara también el padre de la Comédie-Française en premisas como esta: “Lo que el amor hace, él mismo lo excusa”. 

Diego Alejandro Hio



[1]  Malignon, J. (1995). Dictionnaire des ecrivains français. Paris, France: Éditions du Seuil. Pág: 59.
[2]  Lettre à d’Alembert sur les spectacles.
[3] Nicole, P. (1667). Traité de la comédie.  Université Paris-Sorbonne, LABEX OBVIL, 2014. Édition électronique: http://obvil.paris-sorbonne.fr/corpus/haine-theatre/nicole_traite-de-la-comedie_1675/
[4] Spinoza, B. (1975). Ética, III, Definición VI de los afectos, edición de Vidal Peña. Madrid,España: Editora Nacional. pág. 247.
[5] Cruz, M. (2010). Amo luego existo. Barcelona, España: S.L.U Espasa libros. Pág. 80.

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