“El hombre es una planta
celestial; lo que significa que el ser humano es como un árbol invertido, cuyas
raíces tienden hacia el cielo y las ramas hacia abajo, hacia la tierra”.
Platón.
Con frecuencia he llegado a
la inquietante conclusión de que a los bonsáis
los convirtieron contra natura en verdaderos rebeldes de la naturaleza, ellos
parecen engañar la forzosa disposición primigenia que se les ofreció en el
principio de los días y nosotros los obligamos a rechazarla con docilidad
aparente. Son grandes árboles a su
tamaño; explayan sus coartadas extremidades y ocupan el
pequeño espacio correspondiente con mansedumbre. Por ello, no pocas veces
han sido llamados como los árboles más pequeños del mundo sobre los cuales se
han tejido toda clase de cálidos relatos. Evidentemente los chinos, los
inventores de este estilo de jardinería en su ímpetu por representar los
bosques en miniatura hace dos mil años
(algunos dicen que en el 700 D.C) principiaron en los modos necesarios para ajustar las medidas de los grandes
árboles y acomodarlos a escalas menores; la técnica recibía el nombre de
“Punt-sai” y cuando pasó al Japón se le obsequió su epíteto definitivo:
Bon-sai, literalmente significa: Árbol en
maceta. Este último nombre fue el que recorrió todo el globo terráqueo y
por el cual la técnica fue célebre.
Debajo de toda creación,
destrucción e intención humana subyace una filosofía que explica los modos de
proceder sea cual sea su valor ontológico y ético, en este caso los indicios filosóficos
que promovieron en cierto grado la adopción de la técnica bonsái son varios y
de difícil rastreo, puesto que hay un interesante juego de creencias budistas
de la rama Chan o por extensión Dhyna y
de la teoría Wu Xing (también conocida en occidente como La teoría de los cinco elementos). Generalmente se le atribuye al
Wu xing la fomentación de la base filosófica del bonsái debido a la
intención manifiesta de esta corriente
del pensamiento de estudiar los fenómenos naturales, categorizarlos y en la
medida posible actuar sobre ellos. Por otro lado, con el Zen estaría más ligado a la
necesidad de hallar paz interior al disciplinar nuestra voluntad mediante el
cuidado, contemplación y relación con el árbol. Aunque hogaño se ha
hecho regular entre algunos esnobs la instauración de bonsáis postizos de lujo que acompañan al también
famoso y diminuto “jardín zen”. Jardín aquel que no ha dejado de crear
disconformidades entre los más castizos del budismo.
La anterior disertación
aunque adolece en muchos asuntos de datos confiables y variados da pie para
observar detenidamente el trabajo de la mexicana Guadalupe Nettel en su libro
titulado Pétalos y otras historias
incómodas (2008). En la mencionada antología de cuentos disconformes
aparece uno que se llama Bonsái, un
relato desbordante de inquietudes, preguntas, y destinos inciertos al mejor
estilo del maestro Haruki Murakami en Crónica
del pájaro que da cuerda al mundo (2001). La propuesta más sugestiva de la
escritora radica en el tratamiento de una antigua analogía que ha sido
utilizada como recurso didáctico, literario y hasta económico entre el ser
humano y los árboles (nuestros hermanos en el planeta). Los Ents de Tolkien bien pudieran representar la fusión exacta. La biblia
judeo-cristiana en este punto no ha evadido tampoco la utilización del árbol en
relación con el hombre, pues constantemente los compara y en algunos apartados
pareciera que la figura del árbol estuviera
insertada a manera de “nexo” entre el hombre y los intereses de la deidad,
ejemplos de lo anterior son el manzano del edén, los bosques de olivos de Judea
o la zarza ardiente del desierto. No obstante la utilización del mismo recurso,
Guadalupe Nettel le da otro giro al tema cuando califica la personalidad de
cada personaje con las características de las plantas del parque; esto es
notable y provechoso porque posibilita conocer a fondo el interior de dos personajes en
cuestión mediante el análisis primordial de tres tipos de plantas: Las enredaderas,
los bonsáis y los cactus.
Cuando el señor Okada se
cree convertido - durante el cuento de G. Nettel- en parte de la familia de las
cactáceas se asume como “seco” en su
tratamiento con las otras personas: siempre a la defensiva, poco expresivo, apuntando sus
afiladas espinas contra aquel que ose atacarlo y emprendiendo luchas contra su enemiga la
lluvia, tal y como el cactus. Si a G. Samsa en La Metamorfosis (1915) del ínclito F. Kafka le tocó en suerte y por obligación ser
un escarabajo y acostumbrase durante breve tiempo a la fisiología y movimientos
de su nuevo cuerpo, Okada por su parte se esfuerza para que esa mutación ocurra
a la mayor brevedad posible, se deleita con ella. Tan poderosa es su afición que rápidamente y usando el mismo método encasilla
a Midori -su mujer- dentro de la familia de las enredaderas
porque ve que a ésta le gusta la lluvia, siempre está al tanto de cualquier menester pedestre e intenta
apoderarse durante las lujuriosas noches de verano de su desahuciado esposo.
Pronto el señor Okada se percata que un cactus y una enredadera no pueden
convivir bajo el mismo techo y allí surge un conflicto existencial
preponderante que finalmente acabará en la separación. La querella es compleja
porque llama a las puertas acerca de lo que es el ser, y vuelve la pregunta, ¿Qué es el ser? Muchos afirman
que es todo cuanto existe, Aristóteles agregaría luego otros ítems tales como
movimiento o cambio. De modo que siguiendo esta última premisa del pensador
griego sería válido decir que cuando a un árbol se le caen las hojas o cuando
sus flores se marchitan y caen tanto las
hojas como las flores han dejado de ser, por lo cual la muerte a causa en este
caso de un progresivo degenero biológico es la negación del ser, es su no ser. Y por ende, nosotros por el solo hecho de estar vivos somos la contrapartida de ese estado.
Ahora bien ¿cómo se puede analizar
el concepto de ser o no ser en las transformaciones de la personalidad del
cuento Bonsái? La respuesta de la sagaz autora germina cuando emplea al propio bonsái; aquellos
diminutos árboles que parecen conservar el secreto de la majestuosidad, siendo
émulos dignos de los Leprechauns celtas en la aprehensión de
fortunas inconmensurables. Los bonsáis del cuento padecieron el macabro destino
de “no poder ser” en la medida en que a éstos (como a todos los bonsáis) se les
restringió por obra del bellaco glamour humano la expresión física y por tanto
biológica en sus correctas proporciones; esto lo observa detenidamente el Sr.
Okada en compañía del jardinero el Sr. Murakami- llamado así por el escritor- quien no vacila en calificarlos como “árboles
que traicionaron su propia naturaleza”, bajo este razonamiento el bonsái quedaría
enmarcado en un limbo enmarañado en el que fluctúan desde la traición, la
rebeldía, el estancamiento y la apariencia por encima de sus propias
aspiraciones naturales. A propósito de este punto, hay que percatarse de la
radicalización que en el pensamiento del Sr. Okada ha causado la observación de
los bonsáis, para él no son simples árboles liliputienses o modificados, su valor va
más allá, para él significan el fracaso, la extirpación de la libertad y por
derivación “antonomásica” la aberrante domesticación adrede. Los
bonsáis dejaron de ser algo con destino, para ser otra cosa con destino amputado o in albis y eso es justo lo que él quiere evitar para su vida. Entonces su problema podría formularse en esta pregunta ¿Para qué seguir viviendo como un bonsái al lado de una enredadera si su naturaleza es la de un cactus? En la difícil solución y aplicación de esta pregunta creo que está la respuesta al problema del "ser" en el señalado cuento.
El ocultista, mago, luciferiano y filósofo
inglés Aleister Crowley, integrante junto con el irlandés Bram Stoker (autor de
Drácula, 1897), Arthur Conan Doyle (creador de la serie de libros de Sherlock Holmes) y otros conocidos más de la Orden hermética de la aurora dorada cultivaba
una extraña filosofía de la voluntad, un querer que iba allende de lo
convencional. Ciertamente algunos griegos y en especial el francés François Rabelais ya la había explorado y puesto
en marcha en aquella novela hecha
carnaval llamada Gargantúa y Pantacruel
(siglo XVI) muy a pesar de los imperecederamente nocivos agelastas, pero la creencia siempre estuvo más ligada a Crowley por causa
de su proximidad en el tiempo, se trata de Thelema, una noción anfibológica pero sumamente profunda que se basa en el propósito de vida real que cada persona debe perseguir. Crowley insinúa que cada quien es su propio Dios o al menos una extención de éste al escribir: "Haz lo que tú quieras y será la ley". A priori ese "Haz lo que tú quieras (...)" involucraría actos de violencia desmedidos contra aquellos que interfieran en la voluntad del cultivador de la thelema, sin embargo es justo mediante esa tétrica aspiración que el hombre se instituye como guía de su propio ser. Empero no deja de ser una ética del individualismo cognada del solipsismo por excelencia que se propone interrogar, disfrutar y explorar este mundo por cuenta propia. Algunos podrían enunciar: Sí Dios nos hizo a imagen y semejanza ¿Por qué en un soterrado acto revolucionario no podría ser yo mismo él? La anterior "herejía" funda el ethos primordial de la theme de Crowley: la individualidad para hallar las vastedad de mi ser tal y como lo pensó el Sr. Okada cuando se ve a sí mismo como un cactus (su plenitud). Solo que la theme de Okada está más subyugada y enmascarada en su herencia oriental por lo cual nunca alcanza el ápice vigoroso del "último mago occidental" (Crowley), pero a fin de cuentas su actitud ya representa un claro acto de emancipación consciente. Su nuevo ser.
Cuenta Guadalupe Nettel que de niña le gustaba ver a las personas con cara de plantas, se las imaginaba caminando con rostros de piña, flores o de cebolla. Manía característica aquella que le sobrevivió a la infancia y ya en años posteriores le sirvió para escribir su bien logrado libro en el cual la metamorfosis ambulante sirve para jugar con una analogía vibrante y siempre contemporánea. La crisis de identidad aparece de vez en cuando en cada ser humano; inherente pugna interna difícil de soslayar que en Bonsái se nos muestra con un rostro tan diestro en su tratamiento que quizá sea aplicable la semejanza entre unas especies de plantas con algunas personas con personalidades variadas en la realidad. Está claro que algunos seguirán siendo bonsáis por el resto de sus vidas pero entonces negarán lo que realmente quieren, eso que Crowley llamó theme. Schopenhauer formuló una pregunta de este tipo : "Puedo hacer lo que quiera, ¿pero puedo querer lo que quiero?". Mientras tanto otros permanecerán en la orilla de los outsiders. En cualquier caso dicen los ensayístas del exilio que desde la distancia todo se ve mejor. Dicen.
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Sobre la autora: http://www.anagrama-ed.es/autor/785
Cuenta Guadalupe Nettel que de niña le gustaba ver a las personas con cara de plantas, se las imaginaba caminando con rostros de piña, flores o de cebolla. Manía característica aquella que le sobrevivió a la infancia y ya en años posteriores le sirvió para escribir su bien logrado libro en el cual la metamorfosis ambulante sirve para jugar con una analogía vibrante y siempre contemporánea. La crisis de identidad aparece de vez en cuando en cada ser humano; inherente pugna interna difícil de soslayar que en Bonsái se nos muestra con un rostro tan diestro en su tratamiento que quizá sea aplicable la semejanza entre unas especies de plantas con algunas personas con personalidades variadas en la realidad. Está claro que algunos seguirán siendo bonsáis por el resto de sus vidas pero entonces negarán lo que realmente quieren, eso que Crowley llamó theme. Schopenhauer formuló una pregunta de este tipo : "Puedo hacer lo que quiera, ¿pero puedo querer lo que quiero?". Mientras tanto otros permanecerán en la orilla de los outsiders. En cualquier caso dicen los ensayístas del exilio que desde la distancia todo se ve mejor. Dicen.
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Sobre la autora: http://www.anagrama-ed.es/autor/785



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