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Dos momentos, de Voltaire a Morihei Ueshiba


"Los fanáticos están convencidos de que el espíritu que los penetra está por encima de las leyes, que su entusiasmo es la única ley". Voltaire, en Tratado sobre la tolerancia. 

Cuenta Harold Bloom en un memorable libro pro-shakesperiano llamado Genios (2002) que el romano antiguo presentaba una ofrenda a su genius el día de su cumpleaños, dedicándole ese día al “dios de la naturaleza humana”, es decir al dios tutelar de cada persona haciendo de esta jornada una celebración un poco más altruista. La cábala luego diría que “Dios es un ser inmortal, mientras que el hombre es un Dios mortal”, al parecer los romanos entendían muy bien el anterior enunciado, la pregunta es ¿A qué se adoraba específicamente con la ofrenda romana? Creo que al hombre mismo en todas sus magnitudes; no se trata acá de una exposición ególatra, desenfrenada y con aires narcisistas sino del cultivo y por ende cuidado de la sapiencia, esto es el pensar y  el saber obrar de acuerdo al Dios interior de cada quien. Dicho esto, se podría asociar al genio como concepto cercano a lo que ahora llaman una competencia para el saber obrar respecto a… sin embargo me reservo la aseveración absoluta  de ello porque hay mucho de él que parte de los manantiales ocultos donde no reina la sensatez intelectual y que no se entrena precisamente en ese ámbito contemporáneo que ahora llamamos como “competencias”.


Dentro de ese saber actuar (con el genio o no), dentro de esos toques cincelados  por la experiencia en esta vida de cada individuo subyace una idea de engorrosa definición pero que todos pretendemos entender, un concepto  vuelto eslogan de campañas presidenciales y anhelo utópico de una sociedad que se ahoga adrede en el fango de las balas fratricidas propias de un pandemónium: la paz. La paz  que es vista muchas veces desde el campo educativo como un punto más dentro de la pequeña lista de temas a verse someramente en el área extinta de la urbanidad o en su defecto en la debilitada área de ética y valores. Esa paz que se pregona con hipocresía desde las tribunas del poder nacional e  internacional pero que parece más una tirada de risa que se pisotea con las botas de los beligerantes de la violencia, esa misma paz que ahora mismo se busca afanosamente implementar en el inconsciente colectivo del país mediante la puesta en marcha de cátedras de paz en los colegios. Proyecto aquel cuyo inicio genera muchas dudas (al menos para mí) puesto que ¿quiénes serán los encargados de vehiculizar esa paz en el aula de clase? ¿Qué tipo de paz se pretende enseñar? ¿Qué responsabilidades y consecuencias está dispuesto a asumir el estado para conseguir su objetivo? Y lo que es más preocupante para el gremio de los profesores ¿Con qué tipo de material se contará para ello, teóricos, didácticas? Preguntas todas que permanecen en el tintero del olvido debido a que muchas buenas ideas en este país y en el continente en general se adscriben a como diría Fernando Vallejo en “proyectos de borracho”.


En la acepción propuesta para la paz en El diccionario del diablo (1911), el irreverente y satírico Ambrose Bierce advierte con cierto atisbo de veracidad: “En política internacional, época de engaño entre dos épocas de lucha” esta afirmación  la hallo hermanada con la enunciada siglos atrás por Julio César: “Si quieres la paz, prepara la guerra” las dos efectivamente hacen referencia a la paz como situación social de un determinado país frente a un presunto enemigo extranjero, pero he creído que la paz no es una situación dictaminada por un episodio clímax en la historia de las naciones impulsadas meramente por los líderes políticos, militares y religiosos, sino que es más una cuestión autónoma de cada individuo. Es similar a la decisión que toma el avezado monje tibetano o el practicante budista cuando más o menos dicen: Yo elijo tratar de vivir en paz conmigo mismo y con mis semejantes porque solo viviendo en ese  desapego de los conflictos llego a mi paz interior. En efecto, se tratan de conflictos en su mayoría pedestres y mundanos que nos alejan de ese ideal. Sin embargo cuando se habla de implantar la paz ¿no se estará más bien hablando de las leyes que permitan su efectiva ejecución? Es a mi modo de ver bajo esa serie de leyes que se debe entender el funcionamiento de  determinada paz significativa y no a la luz de un concepto amarrado a una inexpugnable torre de marfil. De lo anterior surgen preguntas interesantes como aquella que se interroga sobre el cómo mixturar a ese genio individual, propio, del ethos edificado con las demandas del colectivo que propenden por el bien común (léase leyes) en aras de contribuir a propagar los valores asociados a la paz: justicia, tolerancia, hermandad, humildad, verdad…etc. Pues bien de eso se encargan a su manera el Tratado de la tolerancia (1763) de Voltaire y El arte de la paz de Ueshiba.


Justo después de los atentados terroristas de enero de 2015 en París contra la revista Charlie Hebdo y el almacén judío donde murieron 4 personas por culpa del despiadado Coulibaly, dos libros se comenzaron a vender en Francia a una velocidad vertiginosa. El primero se llamaba Sumisión del atrevido y valiente némesis del islamismo radical Michel Houellebecq[1] y el segundo, el canónico Tratado sobre la tolerancia del conocidísimo Voltaire. Los dos libros con contenidos y posturas diferentes  se convirtieron a la velocidad del trueno en Best sellers inusitados dentro del público galo que se refugiaba en la lectura de dichos autores para tratar de entender, atrapar y responder a un concepto de terror que todavía no acababan de digerir en medio de tanta sangre, y he ahí la gran complejidad de la sinrazón de la violencia: se atrinchera, huye, escapa a una explicación confortable, se vuelve más instintiva y por consiguiente más peligrosa. El corazón de esta violencia es el de una piedra roma que ha perdido su posibilidad de brillo. Para nadie es un secreto que los panfletos de pensamientos escritos por Voltaire edifican la concepción de la república moderna y sus querellas, dentro de éstas últimas, el fanatismo de la violencia es tema central de su Tratado sobre la tolerancia, allí Voltaire, considerado por muchos como el primer intelectual moderno (porque trataba a todos los ciudadanos como  intelectuales) entre otros epítetos que se le asignan, logra constantes cimas en su aguda prosa como las siguientes: “Os digo que hay que mirar a todos los hombres como hermanos nuestros” o "El derecho de la intolerancia es, por lo tanto, absurdo y bárbaro: es el derecho de los tigres, y es mucho más horrible, porque los tigres sólo matan para comer, y nosotros nos hemos exterminado por unos párrafos". Huir y caer en los brazos de autores como Voltaire, Ueshiba, Thoreau y demás en tiempos de crisis como los actuales en donde atacar vilmente a una persona por motivos que se pueden superar mediante el diálogo, asesinarla sin sesgo de duda o causarle un cruel matoneo por su mera condición (sea cualquiera) está lastimosamente a la orden del día nos ayuda a ser personas con la capacidad para revertir dicha situación. De lo anterior parte en gran medida mi premisa de que la decisión de vivir en paz se ajusta en primera instancia a la resolución de cada quien y luego sí  en el colectivo. John Lennon con el título de una de sus canciones dio en el blanco exacto: Give peace a chance.

Las bases del Aikido se fundamentan en una serie de preceptos  (ciento catorce en total) dados a conocer por el maestro japonés Morihei Ueshiba durante la mitad del siglo pasado; en ellos hay una armoniosa, delicada y bella mezcla de filosofía zen y cierta dosis de misticismo que bien pudiera provenir de las enseñanzas del Shintoísmo, no obstante he notado también una fuerte tendencia a la réplica que se le hace al mucho más conocido y milenario Arte de la guerra del Chino Sun Tzu. Ueshiba se resguarda en la seguridad de la paz para entregar un claro mensaje de crecimiento personal en donde la capacidad de analizar al posible rival pasa más por el lado de tratar de comprenderlo en sus diversas cuitas que en lanzar diatribas y demás acciones de violencia mediadas por la furia desenfrenada. Es una filosofía de la meditación en la paz para responder a la guerra en todos sus frentes de batalla, por tanto sería válido afirmar que el arma que Ueshiba encuentra en su afán por responder a un mundo que se inunda en hechos belicistas es la paz, preciada arma. La paz que debe germinar de cada ser y abrirse como la flor de loto por los senderos por donde pase el portador de la misma hasta volverse una sensación natural a la que todos nos sentiremos irremediablemente llamados a reproducir con el objetivo de prevenir la lid. Ueshiba construye un concepto de paz diferente al de Voltaire porque deja de lado la preponderancia de la fuerza de la ley estatal y las organizaciones civiles encargadas según el francés de velar por ella para dar paso a un pensamiento individual, hermoso que genera responsabilidades de esplendida aventura espiritual: “El arte de la paz no depende de las armas o de la fuerza bruta para ser exitoso; en su lugar nos colocamos en sintonía con el universo, mantenemos la paz en nuestros reinos, nutrimos vida, y prevenimos muerte y destrucción.” Si Sun Tzu enaltecía la trampa y la mentira para desarrollar la estrategia de ganancia, Ueschiba lucha para hacer entender a esos mismos pícaros de las consecuencias de sus actos, porque el arte de la paz se trata también de un ejercicio de autoconocimiento y a fortiori de autocontrol. Se gana en la medida en que los seres humanos entendemos que los problemas se solucionan primeramente empleando los argumentos en favor de la armonía personal y social, argumentos que bajo ninguna circunstancia deberán tender a propósito hacía  una ruptura de la paz.

En los hechos de conflicto siempre los actores tenderán a imponerse utilizando diversas estrategias sobre los presumibles antagonistas, hace parte de los efectos ineludibles a los que Sun Tzu apunta fríamente en su afamado libro, pero cuando se tiene como aliada a la paz la competencia con el semejante es irrelevante, la paz como concepto afincado en el ser no encuentra puntos de desacuerdo sino puntos de consenso en todos los ámbitos, eso lo sabe muy bien la irenología. De nuevo el maestro Ueshiba lo aclara:El arte de la paz es invencible porque no compite con nada. Parte del hecho de la no-resistencia”. Se debe tener bastante paz en nuestro ser para tolerar todo lo que nos pueda afectar; llenarse de esa afable sensación  genera una belleza púdica, ya el poeta inglés William Blake lo escribía: “La exuberancia es belleza”. Mientras Voltaire nos reta a sentar una posición sobre la tolerancia y la fraternidad moviéndonos los cimientos de los lugares comunes en donde pretendemos sentirnos cómodos en pro de ir a propagar un mensaje de no odio y de la extirpación de todo dogma sectario atacando a aquellos que solo redactan buenos discursos pero que no hacen nada en sus praxis, Ueshiba halla en la realización interior de la paz el cenit de la salvación de este mundo. Efectivamente son dos visiones sobre el mismo aspecto que perfectamente pueden complementarse en el mundo actual y que persiguen un noble y loable bien común que a todos nos debería enternecer. Finalmente es mejor hacer la paz para luego no padecer de su ausencia ¿no?, Freud escribió algo relacionado en la misma tónica: “Nos enamoramos para no enfermar”.  Quizá sea al genio de la sensatez personal al cual me refería en el comienzo de la presente entrada la solución para intentar modificar la tendencia de violencia que marca la triste senda de un mundo que se emociona más con el estallido de las bombas, con los discursos veintijulieros y demás circo superficial que con las risas, abrazos, detalles y acciones que reflejan expresiones de paz. Invoquemos a ese genio. 


[1] Libro que a mi modo de ver se asemeja a la ficción distópica, trata sobre una Francia musulmana y sus complejidades sociales en pleno siglo XXI.

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