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| Tomada de: http://7-themes.com/7032296-sahara-desert.html |
Cada
vez que en una conversación de familia hablamos de zonas áridas, soles
inclementes, beduinos y camellos a mi papá se le viene un recuerdo en tierras
foráneas que le agita todo su ser, lo impacta en un momento de enternecimiento
absoluto que todos reconocemos por vívida experiencia. Luego nos comparte su
recuerdo ya por todos conocido con una sorpresa infantil que invita a escuchar
de nuevo su relato, en efecto hace parte de ese tipo de historias que se
convierten en clásicos dentro del seno de una familia y sin los cuales nada
sería lo mismo. Ciertamente mi mamá también tiene los suyos y de gran factura
sentimental para todos pero no deja de sorprendernos aquel del desierto de mi
padre por la motivación, los sucesos detrás de todo y lo inalterable del mismo.
Cuenta
que en medio del sol abrasador del Sahara aproximadamente al medio día, se
encontraba con diez soldados colombianos que había conocido en la coalición
internacional que preservaba la paz entre egipcios e israelíes y unos
excursionistas británicos en un oasis precario al que ocasionalmente visitaban
los beduinos con su larga hilera de camellos cargados de productos que
intercambiaban en ciudades, vendían en pequeñas villas o a otros mercaderes de
las arenas. Aquella vez, una tribu de beduinos había acabado de arribar con varios
camellos al oasis, tenían la costumbre de liberarlos de sus amarres tan pronto
como llegaban a la ansiada agua. Los animales naturalmente se desestresaban por
todo el lugar-- buscaban hierba fresca en la margen del agua, se revolcaban en
la arena y bebían todo el líquido que sus cuerpos les permitía. Entre tanto los
hombres se acercaban decididamente a los soldados y turistas que estuvieran en
el lugar y les pedían comida sin mostrar la mayor formalidad en el pedido,
hablaban en árabe y balbuceaban algún inglés que repetían incesantemente: Food,
food, food. Los soldados de la coalición internacional de turno les compartían
algo de sus raciones de campaña cada vez que los veían, por lo que a los
colombianos apostados en aquel lugar les vino en suerte entregar un poco de su
comida en aquella ocasión. Mi papá y los británicos por su parte les dieron
algunos cigarrillos, comida y dinero, la idea estaba clara: Había que mantener
buenas relaciones con los beduinos si se intentaba hacer turismo por el
desierto del Sáhara en aquellos años, pues conocidas eran las crueles
retaliaciones de aquellos nómadas milenarios.
Todo
estaba saliendo normal según la experiencia de los militares: los beduinos
comían, los turistas hablaban y tomaban fotos, los militares observaban con sus
binóculos las dunas del horizonte que cambiaban de un día para otro de forma y
los camellos esparcidos por aquel lugar paseaban sin mayor alteración. Era un
buen rato propicio para observar la difícil vida en el desierto, sin dudas los
turistas vieron recompensada su travesía al creerse estar en una escena de las
Mil y una noches. Resultó que un grupo de estos camellos, once en total se
separó del resto y se abrió paso por el desierto lentamente, iban
desorganizados y rumiando, arriba el sol parecía imponente y amenazador, a los
beduinos no les parecía importar la parcial aventura de aquellos animales por
el desierto en medio del sol y se quedaron tranquilos. Naturalmente mi papá se
quedó observando lo que ocurría detenidamente porque para él todo era nuevo, su
cámara de mano Canon comprada una semana atrás en Jerusalén captó varias de
esas imágenes previas. “El desierto es un
bello misterio que te habla con pistas.” Suele repetir cuando evoca al
Sáhara, frase que tiene algo de relación con la que leí tiempo después de
Antoine de Saint-Exupery que dice: “Lo
que embellece al desierto es que en algún lugar esconde un pozo/manantial”; Sin
dudas los dos hablan el mismo lenguaje de las arenas. De repente una serie de
devastadoras explosiones ocurrieron, el sonido fue atronador, la polvareda lo
inundó todo en cuestión de segundos. ¿Qué es eso? ¿Una tormenta de arena? Se
preguntaron todos gritando. Rápidamente corrieron hacía una roca que parecía
servir de cueva y allí permanecieron ocultos mientras uno que otro valiente
beduino se habría paso desesperadamente por entre la ventisca para observar
mejor el suceso…ellos no estaban tan asustados, en el fondo presumían lo que
había ocurrido.
Cuando
el viento fue ganándole terreno al polvo y dejaba al descubierto lo ocurrido la
escena fue sorprendente y duradera para los presentes, los camellos estaban
despedazados en la arena, la sangre bañó al desierto mientras los beduinos
corrían a observar mejor la desgracia que se hacía con sus medios de transporte
y de sobrevivencia. Las extremidades de los animales yacían por todas partes,
allí unas patas sobre los arbustos del oasis, allá unos huesos sacados de las
carnes sobre el suelo y acá una cabeza
flotando en el agua que se teñía de rojo. Los soldados se aprestaron
urgentemente a tomar posiciones de batalla sobre una duna alta mientras los
turistas entre los que se encontraba mi padre seguían absortos en la roca observando
aquella escena de sangre. ¿Qué había ocurrido? Se preguntaron confundidos,
reinó un silencio de horror de esos escalofriantes. Los beduinos entonces regresaron
corriendo y les hicieron señas a los soldados desesperadamente mientras
saltaban, hacían el ademán clásico de no seguir, no pasar. Entonces el
comandante de aquel grupo de militares dijo en inglés: Mines people, mines, there are mines. Se trataban de las clásicas
minas sembradas durante las guerras pasadas entre israelíes y egipcios cercanas
a los oasis que aún seguían manteniendo su poder ofensivo activado, ¡Y vaya que
había sido gigantesco dicho poder a juzgar por el cráter de grandes
proporciones que ocasionaron las sucesivas explosiones!, según cuenta mi padre.
“Pobres animales” afirma cuando llega
a este punto del relato.
A
partir de ahí los militares se pusieron más autoritarios y dictaminaron
abandonar el lugar de inmediato, algo que hicieron con un gusto asustadizo los
turistas y algunos beduinos quienes huyeron con los camellos restantes, pero mi
padre prefirió esperar junto a tres beduinos que se resistían a creer lo que
había pasado, era pésimo lo sucedido con ellos, pues los camellos lo eran casi
todo, estaban furiosos. Iban y venían observando todo sin creerlo, se tomaban
la cabeza y observaban al cielo quizá pidiendo explicaciones a Alá; el desierto
es un lugar de profundas contradicciones, algunos dicen que tiene sus propios
estados de ánimo. De repente mi papá en
uno de esos impulsos de curiosidad que en ocasiones presentan tintes de
heroicidad se acercó al cráter inspirado por el aire aventurero que desde niño
mi abuela le había notado, el comandante de los militares le ordenaba regresar
mientras él le decía: “Un momento, ya
vuelvo.” Cuando estuvo en la boca del cráter vio más cuerpos de camellos
despedazados y quemados, pero había algo allí, oculto en la arena resplandecía
el metal. Pensó que se trataba de una mina pero no lo era, la observó mejor y
se dio cuenta que se trataba de una armadura, una muy antigua. Los tres
beduinos se percataron de ello y bajaron a inspeccionarla a toda prisa…dicen
que algunos de ellos son expertos en desenterrar los misterios del desierto. Se
trataba de una armadura con malla metálica, quizá romana, sarracena, de algún
cristiano de las cruzadas o de un guerrero antiguo de algún país del Magreb, nadie lo sabe hasta
el sol de hoy ¡Menudo misterio!. Uno de los beduinos levantó la armadura y se
la enseñó a los militares colombianos, éstos estaban sorprendidos y se
acercaron a mirarla cuidadosamente. En ese momento mi papá bajó al cráter de
donde habían sacado la armadura y escarbó un poco con sus manos sudorosas, los
demás lo observaban, “me dije: a lo mejor
haya algo más” y al cabo de tres
minutos dio con otro objeto metálico que levantó.
¿Qué
es? Pregunto el comandante.
Los
beduinos susurraron entre ellos y señalaban el objeto que mi papá tenía entre
sus manos.
Pues
es como una corona, o algo así. Respondió.
Sí,
se parece, afirmó el comandante. Tráigala.
Mi
papá subió con la corona y junto a los beduinos la inspeccionaron mejor, tenía
insertadas piedras preciosas y parecía estar hecha de plata.
¿De
algún rey? Preguntó al aire un soldado desconcertado.
Puede
ser. No sé. Le contestó el militar al mando.
Dos
beduinos bajaron de nuevo al cráter y escarbaron con fuerza, al poco tiempo
descubrieron huesos, y luego una calavera humana, se trataban de los restos del
sujeto que portaba la armadura y la corona. Al menos eso creyeron todos…sería
lo más lógico. Los beduinos continuaron sacando arena durante varios minutos pero no encontraron
nada más, solo huesos. Fue ahí cuando se reunieron y empezaron a hablar entre
sí en un árabe rapidísimo. La reunión duró alrededor de los seis minutos y el
mayor de ellos, un hombre de abundante barba blanca le pidió en al militar la
corona y la armadura con aspereza, luego otro beduino dijo: Our,our. Era
evidente que querían los objetos hasta el punto de gritar por conseguirlos. El
comandante sin querer armar líos por ello pensó que una armadura y una corona
serían una pésima compensación por la pérdida de los once camellos pero en algo
les podría servir a juzgar por la insistencia de ellos, de modo pues que tomó
la decisión de dejarles la armadura, la corona y los restos óseos. Los beduinos
tomaron los objetos y la calavera, las metieron en un saco y se despidieron
velozmente, luego se montaron en sus camellos y cogieron un rumbo que no dejó
rastro, como todo en el desierto, el desierto se encarga de todo.
Mi
padre desde ahí anda convencido que es el descubridor del sepulcro de un rey
que la historia ha olvidado; la calavera, el desierto, la corona y el estallido
de las minas lo persiguen hasta el sol de hoy. Se ha convertido en lo que fue
para Heinrich Schliemann la máscara de Agamenón, o lo que fue para Howard
Carter la tumba del faraón Tutankamón... es su pequeño Sahara, y de paso el
nuestro.

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