Observando muchos vídeos de la guerra civil en Siria e Irak que han sido subidos en la web se puede percibir que algunos combatientes repiten sin descanso una frase que a mi
parecer les ayuda a sobrellevar la pesada realidad que les correspondió
(algunos porque lo quisieron), dicen: “Al·lahu-àkbar,
Al·lahu-àkbar”, que traduciría en algo cercano a “Alá es el más grande”. Aunque
normalmente pronuncian primero “Takbir” y luego “Al.lahu-àkbar”, el primero
sería parte integral del conjunto de palabras sagradas adscritas a la creencia
musulmana y la segunda sería la palabra que da poder, que reafirma lo posición
de Alá en este plano terrenal; Vemos pues que la palabra otorga fuerza, el lenguaje es
nuestro mundo. Lo cierto es que tanto
los militares, rebeldes “moderados” y los miembros yihadistas de Isis usan esta
frase como grito de batalla a priori y posteriori de la contienda y aquí surge
una paradoja que siempre me ha sorprendido al
calzarme bragadamente los zapatos de Dios, ¿Con tantos fieles pidiéndole
ayuda, Dios se dará el lujo de decidir quién gana o no, y si lo hace, no estará
discriminando a un sector que igualmente lo adora? Parece ser que no es una
posición bastante cómoda ser Dios después de todo. Lo mejor sería que estos
guerreros del medio oriente dejaran de invocarlo en la lid terrenal que
sostienen para no comprometer a la deidad con decisiones salomónicas, pero
¿Será posible concebir a Isis sin la presencia de Alá?, la anterior pregunta produce
una respuesta obvia… nunca el siguiente epifonema fue más correcto: ¡Qué más
da!
Sin embargo sentencias del tipo
“Al.lahu-àkbar” no son recientes y mucho menos exclusivas del medio oriente,
pues en el petulante y pseudocivilizado occidente se usaron y se usan frases
que encierran el mismo poder individual y colectivo, desde el incendiario “Deus
vult” proclamado por el agitador Urbano II, el “gracias a Dios” de una abuela,
el “No pasarán” de los movimientos de izquierda hasta el eufórico y
esperanzador “si se pude” de las graderías de un estadio de fútbol. Obviamente
no todos los que dicen las anteriores frases (contando la árabe) son
extremistas y discurren por las calles
con fusiles AK-47 amedrentando al que no piense de la misma forma pero sirven
de aliciente para soportar días de agitado trajín o jornadas venideras que se
aspiran sean mejores. Ahora bien, el problema radica cuando varios bandos
enfrentados entonan al mismo tiempo en
medio de sus alegatos mediados por el discurso o las armas : “Al•lahu-àkbar,
Al•lahu-àkbar”, “La razón la tengo yo y punto” o “Es lo que la biblia dice”, porque entonces los bandos entrarían a chocar cruelmente amparados
bajo la misma aparente verdad pero distorsionada, y eso es precisamente lo que
ocurre en Siria e Irak, lo que ocurrió en el tiempo de las cruzadas entre
sarracenos y cristianos, lo que sucedió entre liberales y conservadores en
Colombia durante los largos tiempos de sus fraternales luchas y lo que acaeció
en el juicio de las brujas de Salem en Massachusetts, entre otros innumerables
casos. Si nos dejamos llevar por la premisa antes mencionada acerca de que un
mismo pensamiento tergiversado por dos fuerzas enfrentadas origina un conflicto
colosal entonces estaríamos inevitablemente tocando las puertas de la tragedia
cultivada por excelsos dramaturgos inmortales de la antigua Grecia. Y aquí se pone interesante el asunto porque a
fin de cuentas los conflictos se resumen en la lucha por la verdad y en tratar
de imponerla, cabría entonces preguntarnos sobre ¿qué es la verdad?
Los llamados Salem witch trials fueron una serie de audiencias arbitrarias
llevadas a cabo por representantes de una sociedad sectaria-puritana afincada
en Massachusetts[i]
que interpretaba eventos extraños a la palabra de la biblia y por consecuente a
las doctrinas de los encargados de construir las leyes como actos de herejía
que involucraban acciones “aberrantes” como las supuestas prácticas de
hechicería usando diversas oraciones negras, las danzas en la noche y hasta el
entonces temible Osculum infame. Se
trataba de una sociedad nueva, desorientada en un mundo que apenas estaban
empezando a describir y descubrir, eran los cimientos de una gran nación; ciertamente
este tipo de comunidades hacían parte
del largo proceso colonizador norteamericano que tuvo su inicio en las
travesías del Mayflower. Este fue un barco que estaba cargado de anglicanos y
puritanos recalcitrantes de los que luego saldrían los habitantes de Salem. Allí,
arrojados en un mundo sin más ley que aquella que sonsacaban a los tumbos de la
Biblia erigieron una sociedad inquieta, asustadiza, huérfana, envidiosa (por su
misma inseguridad) y radical. No es sorpresa que en este tipo de comunidades
aisladas, pequeñas y religiosas se aplique el clásico refrán de gente vetusta
que versa con alto grado de probabilidad del siguiente modo: “Pueblo pequeño, infierno grande”. Arthur
Miller en su muy bien logrado drama El
crisol (1952) basado en los acontecimientos de Salem durante los días de
los juicios (1692-1693) juega magistralmente con estos elementos propios de una
población teocrática e hipócrita que es incapaz de subsanar sus diferencias por
vías más allegadas al dialogo que por aquellas que gustan de la denigración
evocando chivos expiatorios.
Arthur Miller constantemente hace
analogías de la situación vivida en Salem con lo que él y otros tantos
padecieron durante las décadas de los 50’ y 60´en los Estados Unidos con
respecto a las acusaciones de ser colaboradores de la Unión Soviética. La
cacería de brujas hoy en día no tiene la misma connotación asignada en los
tiempos de antaño, pero sí su particular modo de operar: perseguir, acusar,
levantar falsos testimonios, encarcelar y en determinados casos asesinar. El
término en nuestros países ahora más bien se encasilla en la persecución a las
personas con otra posición política, o extracto social quizá animado por el
macarthismo estadounidense, lo cual no deja de ser grave por las macabras
consecuencias que acarrea. El autor
norteamericano del drama halló en los juicios de Salem una versión antigua de
lo que se sigue repitiendo con preocupante periodicidad en el mundo, la
creación de falsos enemigos para hacer valer una determinada posición como
cierta, algo común y dañino. Es en ese
tipo de orquestaciones sistematizadas cuando la imponente razón se presta para
hacer de la locura fanática y desbordada una arma justificable casi desde
cualquier punto de vista, es allí en esos circos estrafalarios donde abundan
los discursos rimbombantes, juzgadores y derrochadores de santurronería banal
donde se queman, se pasan a la picota público o se inhabilita ante la sociedad
a una persona o un grupo social por lo general más indefenso… se trata pues de
“la cacería de brujas” en su estado más puro. Salem después de todo no fue un
caso aislado pues hace parte del conjunto de acciones que en cualquier momento
puede emprender una sociedad en un momento de histeria colectiva.
Volviendo a la obra El crisol, un texto agradable, de fácil
lectura y que tiene cierta dosis de novela policiaca podemos sentir el ambiente
tenso que se cierne sobre los salemitas; las sospechas de brujería y pactos con
el demonio recaen sobre casi todos los habitantes mientras la horca colgada en
el árbol aguarda para saborear nuevos cuellos. En una situación de tanto
susurro, chismes y acusaciones no se puede confiar ni siquiera en el vecino de
toda la vida, salir al bosque o no ir a misa significa estar atado a la
condenación perpetua en los fuegos del averno porque “el Diablo anda suelto”.
En ese ambiente hostil Miller inserta a un grupo de muchachas cuyas intenciones
se ven subyugadas a la voluntad de la
principal de ellas: Abigail (la chica que mueve los hilos de la narración),
aparecen algunos pastores puritanos que sin embargo defienden sus propios
intereses, un par de jueces perdidos y apasionados por la biblia y unos
terratenientes que se valen de las acusaciones de brujería contra sus rivales para
sacar provecho de las predios que anhelan apropiarse…en fin. La sensación que
poco a poco se va develando es que en el juicio pueden más las ambiciones
personales que los aparentes hechos no comprobados de brujería que finalmente
llevan a una veintena de sospechosos a la horca sin ningún tipo de garantías (la
mayoría mujeres) y a centenas de personas a la cárcel, de nuevo estamos ante la
presencia de un chivo expiatorio para lograr fines personales, de nuevo estamos
ante las diferentes interpretaciones de un solo ideal o ideales, plasmados en
este caso en la Biblia. ¿Se repite el círculo? Claro que sí, los juicios de
Salem solo son una vil muestra de lo que es capaz la humanidad para demostrar que
todo vale en aras de alcanzar un objetivo.
En la obra de Arthur Miller poco
importan los ritos satánicos, los instrumentos que se usaban o las veces que se
contactaba al diablo en noches sin luna, más importan los juicios morales que
se destilan de aquellos problemas. En efecto el texto gana lucidez al quitar de
a poco la máscara solapada a una sociedad segregadora, misógina, radical y
supremamente pecadora que persigue a las gentes de pensamientos alternos como el del señor John
Proctor con vehemencia maléfica, incluso el del reverendo Hale. Alguna vez leía que en el fondo lo que
más se temía de los aquelarres, Sabbats y festividades de la Noche de Walpurgis
era la libertad casi carnavalesca que se respiraba en esos círculos que
escapaban del asfixiante statu quo semi-clerical reinante, era esa emancipación de
luchas parroquiales lo que seducía a hombres y mujeres por igual a ser
definitivamente libres. Los juicios de Salem nos demuestran que los argumentos
ad hominem, silentio, ad baculum, de autoridad entre otras son armas poderosas
de disuasión a los que constantemente
estamos expuestos algunos veces sin percatarnos de ello. Lo ideal sería
construir una sociedad basada en el diálogo mutuo en donde se extirpe al famoso
chivo expiatorio y que de paso elimine la cruel cacería de brujas que sobre
este mundo ha caído sin contemplación alguna desde los campos de batalla en
Siria e Irak, pasando por Latinoamérica, Estados Unidos hasta llegar a Europa y
su dilema con los miles de refugiados que arriban a diario cargando sus historias a las espaldas en procura de un mejor futuro. Los inquisidores de la palabra
libre no se pueden seguir reproduciendo en nuestras sociedades.



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