El antagonista en “Enemigo prefabricado” de Manuel Giraldo Magil
En muchos de los relatos de Manuel Giraldo Magil el personaje principal suele estar en
una crisis emocional o de otra índole como la económica o laboral que le afecta
la personalidad de principio a fin, no hay una transición; simplemente se está
en la crisis y se vive en ella como
quien se acostumbra a vivenciar durante cada jornada su nocivo circulo vicioso
que lo acerca a la misantropía o las drogas, éstos dos factores vistos como
últimos refugios ante una existencia sin sentido y falta de explicación son parte fundamental en
los modos de vida de los personajes, y en esto el escritor tolimense (del Líbano) tiene algo en común
con el maestro del horror cósmico norteamericano H.P Lovecraft, quien a su vez
y muy fiel a su estilo enrevesado nos muestra en sus innumerables cuentos a
personajes con crisis constantes in media
res que no tienen aparente solución. Las causas y los periplos derivados de
la crisis las ocasionan entes desconocidos, criaturas y terrores que van más
allá de lo normal y del mundo que conocemos.
En “Enemigo
prefabricado”, un cuento que hace parte de la antología Más de noche y otras apariciones (1982) sucede lo mismo, tenemos a
un personaje que de entrada está asustado, no halla una explicación confiable
para esa extraña sensación que lo aflige y lo lleva a pensar y a concebir
sombras a su alrededor que lo persiguen y le quieren hacer daño. Se suscita una
sensación de miedo que desde un
principio se nos narra de esta manera:
"(…) pero nunca se sabe lo que pueda pasar, más
en este tren de los eternos perseguidos, el mundo está lleno de sospechas y
quien menos corre vuela, todo eran sospechas, sensaciones, pequeños delirios de
los que se alimenta el miedo."
La aparente locura que sufre el personaje misterioso pero que por muchos
indicios logramos identificar física y psicológicamente (gordo y más ampón que
los ladrones de calle) lo conduce a un estado de creación
en constante evolución de su potencial enemigo, aquel que lo está acechando
desde las maniguas de las calles en la noche cuando solo la gente de “mal” se
encuentra al acecho de los desorientados. El enemigo no es un personaje
constituido por carne y hueso, es más un ente sobrenatural que vaga en las
penumbras que cualquier otra cosa de este mundo terrenal, una presencia que a
pesar de nunca haberlo agredido existe, existe porque él lo siente y cree en él
con ciega devoción. A tanto llega su afición por ese personaje oculto que a
cada momento lleva consigo su mataganados,
el arma con el que pretende defenderse ante una posible agresión, ese largo
cuchillo utilizado en menesteres de cocina simboliza su fuerza, su única
posibilidad de emanciparse de esa sombra que él metaforiza y que al parecer
necesita, pues dice de ella que tiene largos brazos muy pesados que lo podían
aplastar como un martillo, y que sus movimientos son ágiles como el rozar de telas gruesas, al respecto Mary Shelley al tratar
los recursos propios de la imaginación para caracterizar algo dice: “Razón es análisis, imaginación es síntesis”
es decir, hay una gran cantidad de metáforas y demás asociaciones que hacemos
para lograr identificar a ese algo que nos inquieta. El personaje del relato de
Giraldo Magil está más que dotado en medio de sus ensoñaciones para hacerlo y
maquinar venganzas a partir de ese ser que repudia y necesita.
Quizá no sea en un país tan violento como Colombia ya
raro escuchar algo relacionado con matar por matar, o que una bala perdida
hirió de gravedad a un niño o que en un estadio de fútbol hubo una fuerte
rencilla por “defender” los colores de una camiseta, eso ya es normal, la
enfermedad de la violencia que en nuestra sociedad habita bien puede justificar
los actos de personajes como el de Enemigo
prefabricado quien en uno de los pasajes parece justificarse:
En el enemigo está curiosamente esa forma de sentirse
vivo, de aliviar esa aspereza de un mundo de miseria sosegada que no cambia,
conjugando algo así como sentir miedo para estar más presente en medio de la monotonía;
lo que ocurre es que al caracterizar a dicho enemigo el sujeto tiende a pensar
que las demás personas de esta sociedad son iguales o más malignas que él, lo
cual en medio de esa aparente locura lo lleva a ser ante los ojos de la
población un problema social, un desadaptado que requiere de algún tipo de
cuidado, bien sea en la cárcel o en algún sanatorio mental como ya le había pasado
a él cuando estuvo en prisión. Pero no es solamente en este cuento del autor
del Líbano en donde encontramos este elemento, también podemos dilucidarlo
claramente en otro relato titulado Programa
doble, allí el personaje en crisis es una mujer, pero en vez de buscar a su
“enemigo”, se inmiscuye en las drogas y el sexo para huir de la cotidianidad
que se le antoja aburrida y de la cual pretende salir.
A pesar de lo “desadaptados” a esta sociedad que puedan llegar a ser
ambos personajes podemos apreciar en la narrativa de Giraldo Magil un problema que no es ajeno a la cruda
realidad que se vive en las calles de Colombia, la soledad, la incomprensión,
los efectos de morar en una mar de vicios ignorados por los poderes y la vacua
acción del estado en actuar definitivamente en vez de estar en su comodidad
manteniendo el statu quo que solo
está para reprimir y encarcelar, el autor no rehúye al papel que según él le corresponde de plasmar todo eso en sus
textos, puesto que como lo dijo: “Un
artista sin conciencia política es un egoísta” reafirmando la ya célebre sentencia del filósofo griego Aristóteles en La Política, “El hombre es una animal
político” sin embargo no se trata acá de una intromisión evidente de decir
con suma potestad esto es bueno o esto es malo, sino más bien de demostrar todo lo que hemos estado
haciendo como sociedad realzando las características a veces neuróticas de
nosotros mismos que nos determinan.
Quizá cada quien tenga sus propios enemigos prefabricados
con los cuales luche y discuta así ellos no lo escuchen y ello
irremediablemente hace parte de las
tendencias contemporáneas de comportamiento humano suscitadas a partir de
nuestros modos de vida desenfrenados que nos alejan cada vez más de un trato de
confianza y nos acercan a uno virtual y desalmado y que sin embargo no es nuevo,
pues se han presentado a lo largo de la historia del hombre de diversas maneras.
A propósito del enemigo, al identificarlo bien se podría aplicar la frase del filósofo
alemán Carl Schmitt quien toma al enemigo como “nuestra propia pregunta como figura” aquella parte que se constituye como propia
que pertenece al ser, y que por tanto solo pueden lograr un acuerdo de
reconciliación sin más mediación que la de ellos mismos, los enemigos. Entonces
el problema es netamente existencial pues es a partir de las vivencias desde
donde se juzga y se actúa.
La manera de enfrentar ese deshago con la existencia
al verse finalmente el protagonista enfrentado a su antagonista, un enemigo
reciente pero que de inmediato se torna visible, solo que convertido en la
figura real de un seminarista que inesperadamente sale de su casa cuando él no
se encontraba en ella ya se justificaba desde escenas previas cuando el narrador
de tercera persona omnisciente del texto nos dice:
¿Hace alusión a la sonrisa y presunta buena fe de los seminaristas, futuros
ministros de Dios? Quizá, pero creo que el personaje que aparece al final del relato
asociado por la descripción con la iglesia católica bien puede ser ese alguien al que inmediatamente el sujeto atormentado
por ese algo invisible relaciona con su enemigo, es como si viera en él la
carnalización de esa entidad que lo perseguía y al visualizarlo salir de su
casa, lugar donde estaba su mujer de repente y sin pensarlo se le abalanza y le
clava el mataganados connotando
probablemente una crisis de infidelidad
en su hogar por parte de su mujer. El hombre no dudó en asestarle una
puñalada con su arma blanca porque al fin pudo “reconciliarse” con ese enemigo
que lo desvelaba, un enemigo que de nuevo es inventado, pues el seminarista se
convierte rápidamente en su reciente némesis o simplemente en el enemigo de
siempre que por fin se descubre. Solo mediante esa depuración de delirios de
sentirse perseguido que el personaje trae consigo desde la infancia se llega a
una reconciliación con su ser y quizá a la paz, mas erróneo sería pensar que el
“enemigo” es malo en este relato, más bien se convierte en ese adversario
incomodo al que en algún momento nos sentimos avocados a enfrentar porque no se
presenta otra alternativa en ese tipo de situaciones, así como le ocurrió a
Ulises en la cueva de Polifemo en la Odisea,
Fernando Savater al tratar este tema escribe:
Manuel Giraldo Magil construye un relato atrayente, que poco a poco nos
va internando en las crisis de su personaje que se ha desarrollado como ser
social en medio de las dificultades propias de un país como el nuestro, un país
en el que cualquiera por muchos motivos puede llegar a inventar su propio
enemigo con el cual se pueda entablar cierta relación de diferencia y necesidad
al mismo tiempo. En el relato se vive esa incertidumbre latente de no saber qué
hacer ante ese tipo de situaciones desconcertantes y que en muchos aspectos
encuentran analogías con las historias
antiguas de la región del Tolima en donde el “aparecido” o el alma en pena
sigue a las personas en la oscuridad para cobrarles una vieja deuda o
simplemente para asustar. Si bien aquellas historias de antaño se desenvolvían
en ambientes rurales en donde la religión cristiana impregnaba todo, bien se
podría decir que el “aparecido” de antes se transforma con
Giraldo Magil en el enemigo fantasmagórico que al igual que el primero
sobrevive en el imaginario de las personas porque se cree en él y se vive bajo
esa presencia angustiosa, obnubilante y destructiva de cada quien que se enlaza
con lo que el poeta alemán Jean Paul escribió sobre el hombre a principios del
siglo XIX:
"¡Vaya!, si cada yo es
su propio padre y creador, ¿Por qué no puede ser también su propio ángel exterminador."
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Obra de referencia: Más de noche y otras apariciones. Manuel Giraldo Magil, Instituto tolimense de cultura, 1982.




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