¿Qué
hizo Napoleón Bonaparte en Egipto?
El pequeño,
carismático, aguerrido y valiente hombre Francés nacido en la isla de Córcega
era todo un genio y supremamente impulsivo, en una de esos ataques de lucidez
militar y de efervescencia personal se le ocurrió ir a Egipto en el año 1798,
al lado de un ejército de 55.000 franceses y 165 científicos y artistas…
abundantes materiales de uso científico y una imprenta (la primera que se
conociera en Egipto). Napoleón Bonaparte al igual que su admirado Alejandro
Magno deseaba la gloria en oriente y que mejor forma que hacerlo en Egipto,
allá donde años después Flaubert diría en una de sus cartas: “Oriente empieza en Egipto”. El país de las pirámides, de la gran
esfinge, de los obeliscos, de los faraones que aún se escuchaban en las arenas
del mortífero desierto, el país donde Cleopatra hipnotizó a Julio Cesar y a
Marco Antonio y que luego cayó en manos de Octavio en aquella decisiva batalla naval de Actium,
encuentro que marcó el fin de los reyes de Egipto (aquellos años eran los de la
dinastía Ptolemaica), aquel país que se dividían el justiciero Horus y el
temible Seth, en fin Egipto siempre había estado allí, solo bastaba dar el paso
para conocer y aprender de aquel rico país, algunos ya habían esbozado con anterioridad
la idea de ir como Goethe o Leibniz quien en su momento le propuso a Luis XIV
en 1672 conquistar el oriente, propuesta que fue rechazada por el monarca
francés. El hombre destinado para ello era el general Bonaparte .
![]() |
| Visita del general a una tumba. |
Pero a su vez
Napoleón debía justificar su invasión militar ante el estado mayor conjunto que
se había conformado después del triunfo de la revolución francesa que le quitó
la cabeza al rey Luis XVI y que decapitaba a diestra y siniestra a los
sospechosos, y dicha justificación debía versar sobre los daños que tendría una
invasión en Egipto sobre los intereses de Inglaterra, la eterna rival. El general Bonaparte consciente de esto planificó como
lo resalta su más notable biógrafo Vincent Cronnin, tres estrategias: 1- Acabar
con la casta de mamelucos que tenían el apoyo de Turquía y que ostentaban el
poder despóticamente en Egipto. 2- Reconstruir el canal del Suez y así permitir
que una flota francesa se abriera paso por el canal y desembocara en el océano
índico con el fin de invadir India (la colonia más preciada de la Gran Bretaña
por aquel entonces) y 3- como todo republicano Francés de su tiempo quería
expandir el ideal de libertad por Egipto y con ello llevar una reforma
“civilizadora” en una tierra que a los ojos del europeo de finales del siglo
XVIII era bárbara y sin más ley que la del látigo y la del terror. Pero en el
fondo, su motivación estaba encaminada en satisfacer sus ánimos de grandeza,
aquella grandeza que emuló Pompeyo sin mucho éxito y que le costó la vida a
Marco Licino Craso bajo las flechas mortíferas y los rayos del sol de Partia.
Los científicos
y artistas que se unieron al ejército Francés eran notables y en su mayoría
jóvenes, Napoleón creía que llevando a estos hombres podía explorar los
misterios de Egipto que habían permanecido ocultos durante muchos años, además
quería impresionar a los Egipcios enseñándoles los avances de la ciencia que una
nación como Francia venía adelantando. Una invasión que conjugara las
aspiraciones militares y expansionistas con las científicas y artísticas nunca
se había visto. El general Bonaparte ciertamente se arriesgó a ello y gracias a
esto se “Aró” el camino para otras investigaciones que por ejemplo terminaron
por crear la Egiptología (nada menos) y ayudó a crear una curiosidad
desbordante por Egipto, una curiosidad que hasta ese instante solamente había
estado atada a Grecia y a Roma como los demuestran los trabajos de Winckelmann (el
hasta entonces conocido mundo antiguo). Este hecho es quizá el más importante y
por tanto destacable de la corta invasión francesa a Egipto, más que un
estandarte o un título de sultán (como el que recibió el general Bonaparte a su
llegada) fue el trabajo de los eruditos a los que los marineros llamaban
jocosamente de “Les Anes” lo que
salvó la “papeleta” en dicho esfuerzo... algo que actualmente se pasa
desapercibido cuando se aborda un estudio sobre Egipto. Me atrevería a decir con
algo de petulancia que Napoleón Bonaparte si bien no es fundador de la
Egiptología sí fue el mayor impulsador de dicha disciplina. Pero veamos el
recorrido del general por aquella maravillosa tierra.
![]() |
| Embarque de las tropas |
Mañana del 19 de
Mayo de 1798, el general como asegura su biógrafo Cronnin, hace disparar seis
andanadas de salvas, ésta es la señal para que los marineros embarquen en los
barcos que conforman la gran flota invasora, no sin antes arengarlos con las
siguientes palabras: “Las legiones
romanas que habéis imitado algunas veces pero todavía nunca igualado, combatían
a Cartago, a veces en esta misma mar y en las planicies de Zama. La victoria no
las abandonó jamás porque, constantemente, fueron bravas, pacientes soportando
la fatiga, disciplinadas y unidas entre ellas. Soldados, Europa tiene los ojos
fijos sobre vosotros. Tenéis grandes destinos que llenar, batallas por librar,
peligros y fatigas que vencer. Haréis más de lo que nunca habéis hecho por la
prosperidad de la Patria, la dicha de los hombres y vuestra propia gloria (…)
Voy a llevaros a un país donde, por vuestras hazañas futuras, rebasaréis a
quienes hoy asombran a vuestros admiradores (…) Yo prometo a cada soldado que
al regreso de esta expedición tendrá a su disposición con qué comprar seis
arpendes de tierra».
En el horizonte
la flameante flota adversaria británica al mando del astuto almirante Lord
Nelson busca cerrarles el paso. Bonaparte aprovecha un descuido de los ingleses
y sale con sus 17 naves rumbo al puerto de Alejandría, la flota está dirigida
por el almirante Francis de Brueys, embarca el buque insignia L´Orient (buque que
será destruido por la flota de Lord Nelson en la batalla del Nilo y que Tom
Pocock relata admirablemente en su biografía del Almirante inglés) hacen una
escala en Malta donde vencen a los ortodoxos caballeros de san juan quienes con
un espíritu ultra-católico mantenían encarcelados a cientos de moros y judíos.
Bonaparte fue ante todo un defensor de las creencias religiosas de las personas
y destierra a esa vieja estirpe cruzada de caballeros anacrónicos. Crea 15
escuelas y declara que todos los ciudadanos de Malta son iguales ante la ley de
los hombres y por tanto abole la esclavitud. Después retoma su rumbo hacía Egipto y en una noche, según
dicen la del 22 de junio la flota del Almirante Lord Nelson se cruza con la francesa,
pero la neblina y el mal tiempo no permiten que ambas escuadras se visualicen,
Tom pocock dice al respecto: “…hasta ese
día, Nelson no supo nada de lo ocurrido el mes anterior. Durante el primer viaje
a Alejandría, había rebasado la flota de Bonaparte de noche, pasando tan cerca
de ella que los franceses pudieron escuchar perfectamente el estampido de los cañones de señales británicas”. A
pesar de ser demasiado pro británica la anterior cita concuerda en la mayoría
de las veces con la opinión de los historiadores franceses.
Durante su viaje
Napoleón Bonaparte como buen estadista que era lee el Corán detenidamente en
una mini Biblioteca que improvisó en su habitación del L´Orient, sabía que “al
país que fueres haz lo que vieres” o como dicen los británicos: “cuando estés
en Roma, haz lo que los romanos hacen”, además con anticipación el corso
consultó, sin duda, la obra del abad Terrasson: Sethos ou vire tirée des monuments et anecdotes de l’ancienne Egypte (1733),
un bestseller de su tiempo y que hasta el momento constituía el mayor documento
que se tuviera sobre Egipto y también leyó Viaje
árabe de Nibuhr. Sus oficiales ocasionalmente también acuden a la
biblioteca de Bonaparte, uno de ellos lee el Werther de Goethe y queda tan
impactado que empieza a creer que él es Werther y que su enamorada que está en
Francia le está siendo infiel, son aquellos los años del romanticismo en las
artes… una lenta y maravillosa enfermedad que muchos quieren padecer. Bonaparte
le dice con un tono sarcástico al joven oficial: “traeremos a nuestras mujeres cuando venzamos en Egipto” y luego le
dice a su bibliotecario: “Pon a estos
muchachos a leer historia, no libros de amor, porque el país al que vamos está
lleno de historia, eso es lo que necesitamos ahora”. Cuando avistan el puerto de Alejandría luego
de una larga jornada de navegación uno de sus oficiales con unas palabras
bellas y llenas de un significado armonioso le dice: “Allí mismo el imperio de la gloria cedió ante el dominio de la
voluptuosidad”, haciendo indudablemente referencia a Cleopatra y a sus
hechizados hombres de Roma que casi lo dan todo por ella. Bonaparte amante de
la historia, sonríe y se dispone a desembarcar, he aquí una nota que expide el
general a sus hombres donde de manera magistral expone su pensamiento
profundamente tolerante y humanista, algo de admirar si observamos el irrespeto
de las fuerzas militares contemporáneas, como por ejemplo lo demuestran las
guerras de Afganistán e Irak (ya finalizada) hacía los locales: «Soldados, vais a emprender una conquista
cuyos efectos sobre la civilización y el comercio del mundo serán
incalculables. Asestaréis a Inglaterra el golpe más seguro y más sensible, en
espera de que podáis darle el golpe mortal. Haremos algunas marchas fatigantes.
Libraremos múltiples combates. Tendremos éxito en todas nuestras empresas, los
destinos son para nosotros (…). Los Beys mamelucos que favorecen exclusivamente
al comercio inglés, que han cubierto de agravios a nuestros negociantes y que
tiranizan a los desdichados habitantes del Nilo, algunos días después de
nuestra llegada no existirán más.
Los pueblos con los cuales vamos a vivir son
mahometanos. Su primer artículo de fe es éste: no hay otro dios que Dios y
Mahoma es su profeta. No los contradigáis. Comportaos con ellos como nos hemos
comportado con los judíos, los italianos. Tened atenciones son sus muftíes y
sus imams, como los tuvisteis para con los rabinos y los obispos. Tened por las
ceremonias que prescribe el Alcorán y por las mezquitas la misma tolerancia que
habéis tenido por los conventos, por las sinagogas, por la religión de Moisés y
de Jesucristo.
Las legiones romanas protegían a todas las religiones.
Encontraréis aquí costumbres diferentes a las de Europa. Hay que habituaros a
ellas. Los pueblos donde vamos tratan a las mujeres diferentemente que
nosotros. Pero en todos los países, aquel que viola es un monstruo. El pillaje
no enriquece más que a un número pequeño de hombres. Nos deshonra, destruye
nuestros recursos y nos hace enemigos de los pueblos que es de nuestro interés
tener por amigos. La primera ciudad que encontraremos fue erigida por
Alejandro. En ella hallaremos a cada paso recuerdos dignos de excitar la
emulación de los franceses.»
![]() |
| Un general de división leyendo el comunicado del general. |
Ciertamente pocas
palabras se podrían agregar al analizar las frases del general para agrandar su
ya magnanimidad en la historia: sagacidad, astucia, inteligencia, desbordante
pasión, arrojo… todas se quedan cortas. Mas
simplemente deseo preguntarme lo siguiente con cierto humor: ¿En realidad
buscaba Bolívar en lo posible imitar a Bonaparte? Si es así, le quedó muy mal
su papel de imitador, así se enfurezcan los bolivarianos de estas tierras.
Así mismo ordena
redactar una carta dirigida a todos los habitantes de los puertos cercanos en
árabe que él mismo dicta y en la cual asumiendo una postura cercana a Dios
(Napoleón no creía en Dios) como es la costumbre de los Egipcios los invita a
derrocar al régimen de los mamelucos que han gobernado bajo el sistema de
dinastías al pueblo de Egipto, he aquí un fragmento de la carta dirigida al
pueblo: «Pueblo de Egipto, desde hace demasiado tiempo, esta pandilla de
esclavos comprados que os gobiernan tiraniza a la más bella parte del mundo.
Pero Dios, de quien todo depende, ha ordenado que su imperio se acabe. Se os
dirá que vengo a destruir vuestra religión. No lo creáis. Responded que vengo a
restituiros vuestros derechos, a castigar a los usurpadores y que respeto más
que a los mamelucos, a Dios, su Profeta y el Alcorán.(…) ¿Qué sabiduría, qué
talentos, qué virtudes distinguen a los mamelucos para que tengan
exclusivamente todo lo que hace a la vida amable y dulce? (…) ¡Si Egipto es su
granja, que muestren el arriendo que Dios les ha hecho! (…) Todos los Egipcios
serán llamados a administrar todas las plazas. Los más sabios, los más
instruidos, los más virtuosos gobernarán, y el pueblo será dichoso. (…) Cadis,
Sheiks, Imams, decid al pueblo que somos los verdaderos amigos de los
musulmanes. (...) ¿No somos nosotros quienes hemos sido en todos los siglos los
amigos del gran Señor, el Sultán de Constantinopla, y el enemigo de sus
enemigos? Los mamelucos, al contrario, siempre se han revelado contra la
autoridad del Gran Señor que nuevamente no reconocían. ¡Tres veces dichosos quienes
estén con nosotros! (…) Pero malhaya, tres veces malhaya a quienes se armen a
favor de los mamelucos y combatan contra nosotros. No habrá esperanza para
ellos: ¡perecerán!. Comando general Francés en Egipto- Alejandría». Aquí presenciamos uno de los mejores momentos
de Bonaparte como estadista.
Tan pronto como
llegan los hombres del general Bonaparte, desembarcan en la playa y toman el
camino de arena hacía Alejandría al
mismo tiempo que su flota en perfecta formación ataca las defensas de la ciudad
desde el mar con fuego de cañones constante. En poco más de unas cuantas
jornadas las fuerzas mamelucas rinden la ciudad y el puerto ante los pies del general Francés,
en el acto mueren algunos franceses y cientos de hombres fieles a los
mamelucos, entre tanto, Napoleón Bonaparte ordena a la flota atracar en la
playa con vista hacía al mar por si de pronto llegan los británicos en auxilio
de los mamelucos, una acción a mi parecer que tendrá unas consecuencias
desastrosas, quizá el primer error del general en el transcurso de la campaña
(¿pero quién soy yo para criticar a Bonaparte?). Una vez tomada Alejandría, la
deja encargada al mando del general Klébert
(originario de Estrasburgo), mientras el general va en busca de El cairo, la
ciudad que todos quieren conocer cuando se llega a Egipto (¡No es para menos!),
no obstante el camino sería tortuoso
puesto que el equipo de los franceses no era el adecuado para soportar el
insoportable calor del desierto y por poco mueren de sed en las arenas del
inclemente ambiente. Fueron seis días de locura con desdén, hubo deserciones,
muertes y peleas entre los hombres que cargaban balas de cañón, rifles,
municiones y sacos de lana.. sumado a lo anterior siempre estaban bajo
constante fuego enemigo por parte de los beduinos (los siempre insoportables
beduinos que aún hoy en día se dedican en muchos casos al pillaje). El general
tuvo que intervenir y arengar a sus hombres en medio del sol que cocinaba
rostros, de esta forma casi todos permanecían en la marcha. Había un respeto
hacía la figura de Bonaparte que con la sola
aparición de éste todos los problemas se disipaban entre hombres y
algunas mujeres (300 mujeres franceses estaban también en la campaña).
|
![]() |
| El antagonismo entre Horus y Seth, norte-sur, delta-valle. constituye un factor importante en la tarea del faraón de mantener cerca a ésas dos presencias espirituales. |
Cuando al fin
atisbaron un horizonte más prometedor y unas grandes moles de piedra se
adueñaban de las imaginaciones de los hombres y mujeres de la campaña francesa,
todo parecía salir a la perfección, en apariencia...un ambiente como el narrado
en las Mil y una noches estaba cerca.
Fue el historiador griego Herodoto quien consignó en sus libros de historia a
las pirámides como unas de las grandes maravillas que él había presenciado
durante sus célebres viajes por el mundo antiguo, fue él aquel que sentenció
maravillado: “ Egipto es un don del Nilo”
; a partir de allí el mundo greco-romano se ilusionó con aquel país de las pirámides, pero su brillantez se apagó y los ojos de
occidente no se volvieron a fijar en ellas desde aquellos tiempos, ahora
volvían a estar a la luz de los ojos inquietantes de unos personajes que harían
historia analizando cada pieza del
desierto… no cabía duda que una nueva disciplina del conocimiento estaba
naciendo con el paso de la tropa, solo sería cuestión de tiempo puesto que la
rueda del destino ya estaba girando. Pero antes se debía afrontar una lucha
cruel que se convirtió rápidamente en una carnicería.
No habían
llegado bien los franceses a disfrutar de un breve descanso luego de su larga e
insoportable travesía por el desierto cuando una legión gigantesca de tropas
mamelucas al mando de Murad bey se alineaban en el horizonte, eran cientos,
algunos historiadores dicen que miles,
pero en general la cifra más aproximada es de unos 8.000 mamelucos fuertemente
armados con cidimitarras adamascados (aquella espada con una curva en el corte)
pistolas inglesas y acorazados con armaduras otomanas. Eran hombres hechos para
la guerra desde niños, de modo pues que se gastaban todo el dinero adquiriendo
materiales para batallar y como también era de esperar, no le tenían miedo a
los franceses. De aliados los mamelucos tenían a los nativos egipcios que les
debían sumisión, éstos constituían 16.000 hombres mal armados y sin experiencia.
¿Qué haría esta vez el general para superar a semejante enemigo? pues fácil,
arengar inteligentemente a sus tropas y movilizarles la voluntad de lucha y lo
hizo con una frase que conmovió a toda la muchachada de entonces y que aún se
registra como una de las frases más bellas de la historia militar: “Soldados, desde las alturas de estas
pirámides cuarenta siglos los contemplan” Bonaparte podía ser pequeño de
estatura física pero era gigante en ideas como los hechos lo demuestran, quizá
solo Lord Nelson y más tarde el duque de Wellington serían rivales verdaderos
para él (ambos ingleses). A propósito del duque de Wellington, cuentan los
biógrafos de Nelson Mandela que uno de sus descendientes se mofaba del líder
surafricano en su infancia y le hacía matoneo, pues dicho descendiente de
Wellington era nada menos que el director de la escuela donde estudiaba
Mandela.
![]() |
| Batalla de las piramides |
Pero volvamos
con Bonaparte, la lucha se venía encima, era algo inevitable. Los mamelucos
atacaron con su caballería lanzando fuertes alaridos, Bonaparte carente de un
cuerpo de caballería se valió de sus poderosos cañones y de la experiencia de
sus hombres que darían la vida por él para darle un giro total a la batalla y
derrotar a la totalidad del ejército enemigo en aquella cruenta lucha conocida
por la historia como: La batalla de las
pirámides. En ésta batalla quedó demostrado de nuevo que no siempre el gran
número vence, los que ganan son los que tienen calidad y arrojo. El mariscal
Murat, un joven oficial francés se hizo a la mano derecha del general por su gallarda
labor en dicha batalla que le costó al ejército de oriente (Francia) 200
hombres, mientras que del bando enemigo casi 24.000 fueron muertos o
capturados. Una derrota desastrosa para los mamelucos y una victoria que le
valió el título de Sultán al general por parte de la población egipcia, en
realidad los egipcios lo llamaban Sultán El Kebir.
Luego de salir
avante de esa lucha, el general y sus hombres entraron a El Cairo, que por aquellos días era una ciudad pobre e
insegura, solamente las mezquitas y los palacios de los ya derrotados mamelucos
eran bonitos a los ojos del europeo de aquel tiempo, de entre aquellos
edificios sin duda la más bella era la mezquita de Djami-el-Azhar, de resto
solo se veía suciedad, hambre, enfermedad y una miseria que conmovió las
conciencias de los recién llegados, no cabía duda que años y años de dominio
mameluco sobre Egipto solo habían acelerado los males sociales reflejados
principalmente en la desigualdad económica entre unos y otros. Dos siglos más
tarde mi padre caminaría por los senderos pobres de la capital egipcia y nos
diría que aún por aquellos días se desplumaban gallinas en las calles y que la
sangre de los animales se escurría por entre los pies de los niños que jugaban
mientras todo seguía normal bajo la mano fuerte de Mubarak. Alertado por las
enfermedades y pobreza el general mandó a construir el primer hospital de urgencias
de la ciudad, organizó centros de atención para detener la expansión de las
epidemias mediante cuarentenas preventivas, editó los primeros libros impresos
en Egipto, gracias a la imprenta que llevaron consigo y que no fueron precisamente un Corán u otro libro
religioso, no, fueron libros de medicina. Ordenó también el levantamiento de
mapas de todo el país (para ello se valió de los sabios que trajo), instaló las
primeras lámparas urbanas en la ciudad, mejoró el riego de los cultivos en la
franja del río Nilo mediante la construcción de molinos de viento, acondicionó
una nueva forma de gobierno con una cámara alta y baja y finalmente lo más
importante: Ordenó registrar y analizar los vestigios de la civilización
antigua.
Cerca de dos
meses después Bonaparte fundó el instituto donde los eruditos franceses y
egipcios se reunirían y discutirían sus propuestas, descubrimientos y métodos,
el llamado Instituto egipcio, el
primer instituto dedicado exclusivamente a la egiptología. Nada le gustaba
más al general aparte de la estrategia
militar que hablar de ciencia, historia y leyes. Éste hecho es supremamente
relevante para la naciente arqueología y supone un paso definitivo en la lenta occidentalización
de Egipto. Pero hay unas de cal y otras
de tierra, resultó que la flota francesa anclada en Abukir (Alejandría) fue
atacada por el almirante inglés Lord Nelson en una noche terrible para la
ambición francesa y provocó casi la total destrucción de los barcos galos, solo
algunos marinos sobrevivieron, entre ellos el luego almirante Villeneuve que
sería famoso por perder la batalla naval más famosa de la historia a mi juicio,
porque el resultado de ésa batalla le permitió a Inglaterra dominar los mares
mundiales por casi siglo y medio, hablo de la batalla de Trafalgar. Bonaparte perdió la comunicación con el exterior con el
hundimiento de su flota, perdió cinco mil aguerridos marinos, perdió
provisiones, perdió contra Inglaterra… pero quizá el golpe más bajo fue haber
leído de la pluma de Kléber que su barco insignia el L’Orient, un buque de
primera línea, con una eslora de 65,18 metros, tres puentes perfectamente
construidos y una capacidad de 120 cañones ahora estaba pudriéndose en el fondo
del mar mediterráneo, fue exactamente a las diez de la noche de un primero de
agosto cuando el gran navío estalló en mil pedazos, el mismo que llevaba el
cuerpo sin vida del valiente almirante De Brueys a quien una bala de cañón lo
había partido en dos. George Arnald retrata el estallido de la nave en una
bella pintura de arte marina llamada La
destruction de L’orient au cours de la bataille du Nil. Aquella triste
batalla perdida en la campaña francesa se llama en los libros de historia: La batalla del Nilo.
A sabiendas de que
nada se podía hacer sin su otrora poderosa flota para seguir con su plan de
conquistar a la India vía Egipto, el general se resignó a gobernar la tierra enigmática
que había conquistado. Acudió como señal de respeto hacia los mahometanos a las
mezquitas y demás sitios de ritos islámicos, además castigaba con rudeza los
delitos que los pobladores cometían. Quería convertirse en un ejemplo para la
población egipcia y hacia lo necesario para borrar la nefasta huella mameluca
de las consciencias de las gentes. Y al parecer lo hacía bien porque lo apreciaban y lo veían de una forma
simpática. Al leer lo que hacía el general Bonaparte en Egipto recuerdo un poco
el papel de los faraones antiguos con la sociedad y que El libro de las pirámides destaca, es decir: acercar a la diosa
Maat para alejar a isefet (la
desorganización, la injusticia). Fue
durante esos días de sosiego después del infierno que supuso la noticia del
desastre de Abukir que el general acudía sin falta a las reuniones del
Instituto egipcio recién fundado, allí escuchó historias de templos antiguos,
obeliscos imponentes, pirámides escondidas en la lejanas dunas del Sahara,
hallazgos de esqueletos de guerreros romanos, bizantinos y hasta cruzados en
las cuevas cercanas, maldiciones que se habían extendido a través de los siglos
como aquella del poderoso Seth, momias perfectamente conservadas y una
escritura jeroglífica que se asemejaba a un simple dibujo del ambiente pero que
hechizaba la mirada. En fin, un sin número de historias que avivaron el
espíritu por un instante del general.
A tanto arribó
su fervor y fanatismo por la historia que una vez llegó a su oído o seguramente
leyó en alguno de sus muchos libros que tanto Alejandro como César habían entrado
a la gran pirámide a pasar la noche allí, se decía que aquel que durmiera bajo
el amparo de la gran mole de piedra mágica sería un hombre digno de proezas y
recuerdos en los destinos de la tierra, Alejandro y César lo habían intentado y
sus intenciones se les cumplieron. Bebido por ese dulce licor de historias que
iban y venían, el general un día (el de su cumpleaños) y sin decir nada a nadie
se internó en la gran pirámide y permaneció allí bajo un silencio sepulcral,
sobre él estaba la gran estructura de piedra que con antelación había ordenado
medir; los científicos franceses llegaron una vez a su escritorio con una frase
que informaba algo así como esto: “hay
tantas piedras en ésta y las demás pirámides que si juntásemos todas las rocas
bien podríamos edificar una muralla de tres metros de altura que rodeara a toda
Francia”. Cuentan las memorias de los que estuvieron allí que una vez el
general Bonaparte hubo salido al siguiente día de la pirámide era otro hombre,
nunca más volvió a ser el mismo comandante de antes. Su semblante había mudado
y su inteligencia se deslizaba ahora bajo la línea de la genialidad, algunos
intentaron en vano preguntarle sobre qué había sucedido en la pirámide pero el
general nada respondió y en lugar de ello ordenó prohibir la entrada de
cualquier persona durante la noche en aquella construcción. Muchos años después
habrían diversas personas que le preguntarían lo mismo, y él no les
contestaría, y así hasta su muerte. Éste sería uno de los tantos secretos que
se llevaría a su tumba el general.
Bonaparte se sentía cómodo en Egipto, pero tenía claro
que no podía permanecer para siempre allí, aquel no era su espacio donde haría
historia, precisaba vengar a sus hombres muertos en la bahía de Abukir a manos
de los ingleses y estando sentado, hablando de historias de un imperio perdido
y añorando las luchas de la vieja Europa no lo iba a lograr. Debía ponerse en
acción. Fue durante ese tiempo que los Turcos arribaron a Alejandría amparados
por los británicos, pero con tan mala suerte que fueron exterminados por los
ejércitos franceses de Egipto, luego vinieron unas escaramuzas en la península de
Sinaí de las cuales también salió victorioso, hubo una revuelta local que casi
masacra a la guarnición francesa de El Cairo y que fue controlada
inteligentemente por Bonaparte. Mas a pesar de la aparente tranquilidad quedaba
demostrado con aquellas luchas que la posición francesa en Egipto flaqueaba con
el transcurrir del tiempo. Sin provisiones, sin noticias de sus familias y del
gobierno y sin saber las posiciones de los enemigos en esas tierras de nadie
los franceses estaban abandonados, semi-desterrados, a la deriva... y aun así continuaban con su loable labor de
analizar y registrar todo lo que encontraran referente a los días antiguos del
valle del Nilo. Años después dicho esfuerzo quedará plasmado en una monumental
obra de la arqueología que todavía es reconocida por cientos de versados en el
tema llamada La Description de L’Egypte,
obra de François Jomard (un erudito que acompañó a Bonaparte) con los grabados
de Denon publicada en París y repartida en veinte y cuatro tomos que salieron
desde 1809 a 1813, una obra extraordinaria y pionera que le abrió los ojos al
mundo sobre el hasta entonces escondido tesoro cultural que poseía Egipto.
![]() |
| Portada del libro |
Si bien la
crítica suele calificar la misión militar francesa en Egipto como un fracaso,
que de hecho lo es, por otra parte fue un éxito y una grata consecuencia el
haber llevado a personas conocedoras de culturas antiguas, geometría y artes a
dicho país; el general Bonaparte un hombre sabio y supremamente letrado
evidentemente supo para donde iba; si miramos que fueron los franceses de
aquella expedición los que midieron por primera vez a la Esfinge y la trataron
de desenterrar del olvido, que fueron los que calcularon las dimensiones de las
pirámides y se atrevieron a fechar sus datas de construcción, si vemos que
ellos se interesaron por comprar en tiendas de antigüedades y en el mercado
negro objetos que habían sido saqueados para luego llevarlos a un depósito de
antigüedades con el fin de analizarlas (muchas pararan luego en el British
Museum), que fueron ellos los que nos otorgaron una única imagen de la ya
desaparecida capilla de Amenofis III destruida en 1822, que fueron ellos los
que propiciaron una “tierra fértil” para que luego hablemos de un Museo de El
Cairo, que fueron ellos los que descubrieron durante una excavación de
trincheras cerca de Rossetta una gran roca de basalto negra que tenía escritos
en jeroglíficos, demótico y griego helenístico y que luego otro francés llamado
Champollion pudo descifrar a partir del texto griego las grafías del antiguo
Egipto y que publicó en su conocido trabajo titulado Lettre a M. Dacier relative a l’alphabet des hiérogyphes phonétiques
que después amplió en uno más llamado Hieroglyphica,
que fueron ellos los que comunicaron al mundo que valía la pena estudiar el
pasado… entonces a partir de ahí podemos decir desde acá que valió la pena el
esfuerzo . Todo ello se dio por la voluntad de un general, después emperador
que nació en Córcega y que se ganaría su puesto en la historia así como los
otros dos que antes de él durmieron en la gran pirámide.
Durante sus
último días de vida, en aquella olvidad isla rocosa y violenta llamada Santa
Helena, adonde los británicos lo llevaron preso luego del desastre de Waterloo,
el general rememoraba sus andanzas por el desierto y veía en Egipto a un bello país
del que nunca debió haber salido, pensaba ya en sus últimos suspiros que eran
carcomidos por un fatal cáncer de estómago que ésa era su verdadera tierra,
oriente lo había hechizado de tal manera que anhelaba con volver al pasado y no
haberse ido nunca de allí… un tiempo fugaz y añorable. Finalmente el general
murió en la isla cárcel de Santa Helena producto del cáncer y luego, después de
muchos años sus restos fueron enviados al palacio de los enfermos en París,
donde en este momento se encuentran. Su legado en aquella tierra de las
pirámides vivió firmemente y a pesar de lo desagradecida que suele ser la
historia, con este pequeño recuento quise recordar a un hombre que creyó en los
hombres de ciencia y de artes cuando nadie pensaba más que en hacer la guerra,
un hombre que propició lo que luego llamaríamos egiptología, un hombre que
despertó la admiración de Goethe, un hombre sabio al que muchos no quieren y al
que otros tantos admiramos. Un hombre que le hace honor a esa primera frase de Los textos de las pirámides que dice
así: “Faraón, no has partido eternamente
muerto, sino que has partido vivo”.
![]() |
| Embalsamiento realizado por el dios Anubis. |
![]() |
| Primer mapa de Egipto hecho por la expedición de Bonaparte. |
Fin
Obras consultadas,
El antiguo Egipto día a día. Christian Jacq.
Guía del antiguo Egipto. Christian Jacq
El mundo clásico. Robin Lane Fox.
Oriente empieza en Egipto. Héctor Abad
Faciolince.
Napoleón Bonaparte, una biografía intima. Vincent Cronin.
Nelson. Tom
Pocock.
La description de L´Egypte. François Jomard (en versión digital).
Dioses, tumbas y sabios. Ceram.
Os deuses egípcios. Enciclopédia
Salvat do Brasil e Portugal.
Egypte antique. Artículo anónimo.
Los lenguajes perdidos. P.E Cleator.
La historia de los egipcios. Isaac Asimov.








Comentarios
Publicar un comentario